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samedi 5 mars 2016

El Silencio de los Corderos (1)

El Silencio de los Corderos (1)
Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso


[Nota Preliminar: Aunque lo que se dice en este artículo podría aplicarse a situaciones idénticas o similares, las cuales también suceden en otros países, su contenido es una alusión a la actual situación de España. O por decirlo mejor, de "este país", según la verborrea de lo que ahora se llama lo políticamente correcto].

Como es fácil adivinar, el título de este artículo es una cómoda referencia a la famosa película de Jonathan Demme (1991). Que además de ofrecer la ventaja de atraer la atención de posibles lectores, nos proporciona la ocasión para introducirnos en el tema que ahora nos ocupa. El cual no va a ser precisamente el de ponernos a explorar los intrincados y misteriosos secretos de la mente humana, ya sea la de un peligroso psicópata o la de una atrevida investigadora, sino el de analizar las razones del extraño silencio que, de forma verdaderamente inexplicable, guardan ante los acontecimientos los componentes de la sociedad en la que vivimos. La civil, por supuesto, pero también la eclesiástica. Un silencio que hace merecer a los ciudadanos que integran ambas (a la vez, o por separado) la obligada denominación de silenciosos corderos. O quizá la de ovejas cándidas y mudas, y aún más certeramente la de borregos sumisos, en un lenguaje más vulgar pero seguramente más apropiado.

Es un hecho evidente que la situación de la sociedad actual es verdaderamente caótica, por decir lo menos. Y decimos esto a sabiendas de que hay mucha gente que se empeña en contestar lo que es incontestable, así como también se empecina en decir que lo blanco es negro y lo negro blanco, aunque en tal grado y manera que hasta ellos mismos acaban al fin por creerlo.

Por supuesto que será la misma sociedad en la que vivimos la que se encargará de negar esta afirmación rotundamente. Y no es para menos, una vez que ha hecho su opción por la mentira y, como obligada consecuencia, se ha acostumbrado ya a nombrar las cosas con aquellos términos que son los contrarios de los que les corresponderían. Por eso ahora nadie se atreverá a contradecir a quien diga que el Mundo ha entrado en su etapa de plena madurez; que el hombre se ha liberado de los tabúes a que lo tenía sometido la Religión; que la naturaleza humana ha alcanzado, por fin, su plena autonomía y puede decidir por sí misma lo que hacer y deshacer (mejor lo segundo que lo primero) y ha logrado desatarse de una ética cristiana que la sometía a angustiosas reglas que, en último término, no hacían sino impedirle ser ella misma (a pesar de que aún nadie conoce el significado de esta extraña expresión acuñada por el Papa Juan Pablo II).

Eso por lo que hace sobre todo a la sociedad civil. Porque la eclesiástica no es menos consecuente. Vive unos momentos de tan entera apostasía y de tan absoluta confusión en su interior como para mantener desorientados a la multitud de fieles. Pero aquí sucede como en el teatro: una cosa es lo que ve el público y otra distinta lo que hay detrás del decorado y al otro lado de las bambalinas. Una cosa es efectivamente lo que sucede y otra muy diferente es lo que se dice. Y como aquí también la generalidad de la gente ha hecho su opción por la mentira (fenómeno común a las dos sociedades, dada la interacción que existe entre ambas), lo que se dice por todos y lo que se le dice a todos acaba por convertirse en lo que piensan todos. No, no pasa nada, no hay cuidado: estamos en plena Primavera de la Iglesia. Y todo como consecuencia obligada de la actitud, tiempo ha ya adoptada por el ser humano, de desligar el pensamiento de la realidad.

A eso obedece la costumbre de cambiar el sentido de las palabras, y por eso se ha puesto de moda el uso de los eufemismos, de las ambivalencias, de las anfibologías, de los equívocos y de cualesquiera figuras retóricas que ofrezcan la oportunidad de engañar a los ingenuos. Cosa acerca de la cual es fácil ofrecer variados ejemplos:

La llamada democracia es una forma de gobierno de la sociedad que puede ser mejor o peor que cualquier otra según el momento histórico (afirmación no políticamente correcta). Pero hoy se utiliza como una forma de opresión y de tiranía encubiertas que ciertas oligarquías ejercen sobre las masas mediante un despiadado lavado de cerebro. Es considerada como condición sine qua non de la libertad, y se castiga a cualquiera que lo ponga en duda.

La negación de toda norma de conducta exterior o superior al individuo, la cual pudiera impedir a cada cual hacer buenamente lo que se le antoje, es llamada libertad de conciencia, mientras que la libertad para injuriar y calumniar, o para ofender de cualquier manera e impunemente al prójimo, es bautizada con el nombre de libertad de expresión.

Téngase en cuenta, sin embargo, que la así llamada libertad de expresión es permitida únicamente al pensamiento de izquierdas, que es lo mismo que decir a cualquiera que esté en contra de lo que de algún modo se fundamente en los valores cristianos, pero de ningún modo a quien se atreva a pensar de manera diferente.

Determinados modos de conducta que en realidad no son sino aberraciones que degradan al hombre a un nivel inferior al de los animales, son considerados actitudes que ensalzan y actualizan la autonomía individual, según una condición en la que la Humanidad se ha liberado de viejos tabúes y se ha encontrado por fin a sí misma. A este grupo de clasificación pertenecerían también las ideologías que destruyen la familia y rebajan con toda clase de falacias la condición de la mujer, etc.

Los grupos oligarcas y de opresión que se dedican a enriquecerse a sí mismos mediante la explotación y el engaño del resto de los ciudadanos, son llamados partidos políticos y considerados instrumentos imprescindibles de la democracia.

Los partidos políticos gozan de especiales y grandes privilegios, beneficios y consideraciones:

Gozan del uso casi exclusivo (monopolio) de todas las formas del lenguaje antes aludidas, utilizadas siempre en su favor y como instrumento normal de embaucar a los ciudadanos.

Gozan de la facultad de prometer y de no cumplir nunca lo prometido. A este capítulo pertenecen también las promesas que aseguran la posesión de la Arcadia, el maravilloso país de Alicia y toda una multitud de utópicas fantasías. Todo al precio de un voto, a quien se le otorga un ticket que asegura la completa credibilidad por parte del votante. La Biblia de la antigua Vulgata decía que el número de los tontos es infinito; pero nadie sabe porqué la exégesis moderna ha suprimido esa frase del contexto: ¿Tal vez porque no hacía falta afirmar lo que es evidente ante todo el mundo?

Existen dos cosas que son enteramente ajenas a la mente de las oligarquías que dirigen los partidos políticos. La primera de ellas es el bien común de los ciudadanos, que el roman paladino del habla popular expresaría con la frase de que les importa un bledo. La otra es el destino de España, que así les preocupa como lo que sucede en el planeta Saturno.

Mientras que existe otra, muy por el contrario, que es la única que les quita el sueño: acumular dinero y, por medio de él, conseguir Poder y más Poder. No es de este lugar aludir a los variados procedimientos para engordar cuentas personales y conseguir fondos para el Partido (aunque no sería difícil hacerlo). Baste decir aquí que a los socios y votantes se les hace el favor de permitirles creer que el Partido lucha denodadamente por la defensa y difusión de la propia ideología.

Y dejando ya un tema ---el de los partidos políticos, que daría para escribir volúmenes---, insistamos de nuevo en que es toda la sociedad la que vive hundida en la hipocresía como si fuera la cosa más normal del mundo. Por citar otro ejemplo al azar, tomemos el caso de la pederastia. Defendida a ultranza por los enemigos del Cristianismo como cosa útil y formadora de la sensibilidad de los niños, está siendo proclamada y enaltecida como un triunfo, unas veces abiertamente y otras con mayor o menor disimulo. Pero por los mismos que al mismo tiempo elevan un clamor atronador contra los sacerdotes pederastas, de quienes dicen que la guillotina sería poca cosa. Todo ello partiendo del supuesto, que no admite réplica después de haber sido declarado verdad inapelable, de que casi todos los sacerdotes del mundo son pederastas (según muchos lo son todos) y además los únicos. Una hipocresía que olvida, de una parte, la inmensa desproporción existente entre el número de laicos homosexuales y pederastas y el de sacerdotes que están en esa situación; y de otra, que el número de casos de sacerdotes denunciados, y que según las estadísticas han resultado ciertos, es absolutamente mínimo. En cambio no parece importar a nadie el hecho de que los niños sean educados en Escuelas laicistas del Estado donde son instruidos en el más absoluto ateísmo, además de ser introducidos en el conocimiento y práctica de las más abominables aberraciones sexuales.

Mientras tanto la sociedad vive su vida tranquilamente: ¡Otra de gambas!, en frase utilizada hoy con sorna por la bancada periodística para aludir al problema. España se desmorona y desaparece como nación, la Justicia en España es reconocida ya por todos como una de las mayores farsas que se han conocido, los vínculos familiares se destruyen, el robo y la estafa son el pan cotidiano, y todos los valores cristianos (o cualquier cosa que conserve algún vestigio de ellos) son aniquilados sistemáticamente por una prensa y una televisión, a las cuales, cuando se llama basura hedionda a sus productos, es evidente que se está utilizando un eufemismo cariñoso. Todo ello protegido, difundido y fomentado por un Gobierno manejado a su vez, como vulgar marioneta, por extraños y misteriosos Grupos de Presión que nadie conoce pero de cuyo instrumental ideológico todo el mundo está enterado.

Y al mismo tiempo que todo esto sucede, la sociedad entera duerme. No pasa nada. El sueño de los corderos, que en este caso es el de los borregos cuyos cerebros han sido adormecidos para que ni se les ocurra pensar. Y quienes se encargan de administrar el narcótico son precisamente lo menos apreciable de la sociedad: políticos corruptos, presentadores de televisión cuya capacidad de ingenio humorístico apenas si logra subir más arriba de la cintura, periodistas de avanzada pero que apenas conocen el castellano, cineastas que presumen de artistas y representantes de la Cultura (hiriendo con una grave ofensa a este vocablo), analistas de prensa con una visión de la política que no llega mucho más allá de sus propias narices, intelectuales (así se llaman ellos) de Universidades cuya ignorancia acerca de toda Ciencia mancha el nombre de tan seculares y sagrados Recintos... Todos los cuales poseen, sin embargo, unos factores comunes: una espantosa estrechez de miras y una ignorancia que supera todo lo imaginable.

Pero antes de dejar este brevísimo resumen del estado de la cuestión referido a la sociedad civil, y antes de ocuparnos del correspondiente a la sociedad eclesiástica (cuya situación es mucho más grave), conviene atender a las causas más profundas que han provocado en las gentes este estado de dormición y de ignorancia voluntaria del desastre que se cierne sobre ellas.

Un detalle curioso, que como tantos otros importantes suele pasar inadvertido, es que la situación de dulce sueño y de voluntaria y pretendida ignorancia (que algunos pretendieron describir como la imagen del avestruz escondiendo la cabeza), conducentes a una engañosa y peligrosa tranquilidad con sensación de falsa felicidad, han sido anunciadas repetidas veces en los textos del Nuevo Testamento como una inevitable situación que necesariamente precede a la ruina. San Pablo, por ejemplo, decía que cuando estén diciendo: ``Paz y Seguridad'', entonces repentinamente les sobrevendrá la ruina, como a la mujer los dolores de parto, y no escaparán.[1] Jesucristo, por su parte, dice varias veces que el Hijo del Hombre llegará cuando menos se lo espere, y alude otra vez, hablando de su segunda venida, a que será tan repentina como el relámpago, que aparece por el oriente y llega hasta el occidente.[2] Aunque también está dicho en las Escrituras que estos avisos no servirán para mucho.

La situación de sueño y de docilidad que convierte en mansos borregos a la gran masa de la sociedad, frente a lo que pudiera creer un pensamiento superficial, no se produce de manera que el rebaño campe por sus respetos. Los rebaños son siempre necesariamente conducidos por alguien o por alguienes, y ya Jesucristo hablaba de los pastores que en realidad no son sino ladrones y salteadores y que no hacen sino robar, matar y destruir.[3] Pero de esto se hablará más adelante.

 Lo que ha ocurrido en realidad, aunque nadie esté dispuesto a reconocerlo, es que el hombre se ha independizado de Dios y ha declarado su absoluta autonomía. Pero el problema ---y no pequeño, por cierto--- es que el hombre no puede vivir sin Dios. Y lo gracioso del caso es que cuando prescinde de uno ---del Uno--- se encuentra con varios. Que es lo que explica que se dedique inmediatamente al culto de los falsos dioses cuando prescinde del verdadero. Y en efecto, porque por no querer servir al Dios verdadero ahora rinde tributo a ídolos que lo esclavizan y lo reducen a vergonzosa servidumbre.

 Es una realidad en la que nadie quiere pensar pero que está ahí. Así es como aparece en la actual sociedad el omnipotente dios del fútbol, por citar uno de los ídolos principales. Por todos venerado y con millones de seguidores, abarca un gigantesco negocio que mueve enormes cantidades de millones, cuyos actores principales (los hombres más admirados del país) cobran cantidades astronómicas de dinero (cuya exagerada cuantía pone muy en duda su moralidad, en una situación como ésta de pobreza y de crisis), y cuyos manejos y trapicheos entre los Clubs hacen difícil que no venga a la memoria la imagen de lo que sucede con las grandes mafias.

 Aparte de que tales trapicheos ponen en duda en ocasiones la honradez de los resultados, el dios del fútbol deja bien claras dos cosas: Que la honorable práctica del deporte se ha convertido en un vulgar negocio de dinero (de muchísimo dinero), en primer lugar. Y en segundo lugar aún más importante que el primero, que el fútbol es un instrumento formidable en manos de los Poderes para mantener entretenidas a las masas y no adviertan los verdaderos problemas.

 Para esto último es indispensable mantener girando la rueda del negocio en todo momento. Los Campeonatos, las Copas, las Supercopas, los Trofeos, las Competiciones, las Divisiones y Subdivisiones en categorías se han multiplicado de tal forma que hay partidos de fútbol (y de super--partidos, según los llaman las Cadenas de Televisión), no solamente todos los días sino varias veces al día. Las emisoras de radio y las televisiones dedican gran parte de su tiempo a este deporte, e incluso algunas la mayor parte. Siendo ya insuficientes las Ligas nacionales para satisfacer la demanda, se recurre ya con normalidad a las internacionales, de manera que la rivalidad entre el Roma y el Nápoles, o entre el Manchester y el Chelsea, pueden convertirse en un problema nacional aquí en España. Si alguno de sus famosas estrellas (dignas de respeto sin duda, pero cuya principal facultad consiste en la habilidad de dar patadas a una pelota) escribe un twitter con cualquier simpleza, la cosa es muy capaz de provocar una polémica nacional en todo el país.

 Mientras tanto millones de personas embobadas, seducidas, encantadas y, sobre todo, tranquilas y silenciosas. De este modo, las opiniones de un tal Piqué, o la última chorrada del Club de Asuntos Políticos Barcelona, eclipsan los problemas de una España que se desmorona, que está siendo destruida y desgobernada y camina hacia un precipicio inevitable. En la época franquista aseguraba la Izquierda que Franco utilizaba el fenómeno del fútbol (inexistente en tamaño, comparado con el de ahora) como opio del Pueblo. Ahora, sin embargo, nadie dice si es un instrumento y qué clase de utilidad es la que se le asigna; quizá porque no sería políticamente correcto investigarlo.

 La dormición de las masas narcotizadas, o el sueño de los borregos que se dejan conducir, vienen a resultar en una imagen de lo que sucede en los modernos mataderos de animales para la alimentación: las pobres bestias son adormecidas con algún tranquilizante antes de ser degolladas. Es uno de los primeros resultados que aparecen cuando se ha abandonado a Dios y se ha perdido todo vestigio de Fe. Entonces es cuando el hombre acaba por encontrarse solo (en realidad había sido creado para vivir en compañía y en el amor con los otros, como animal social que es), y cuando siente miedo aunque normalmente no lo confiese. Y, como todo el mundo sabe, la primera actitud que adopta ante el miedo el ser humano que se ha degradado a sí mismo, es la cobardía.

 Por eso se deja gobernar por ladrones e incompetentes y elige para sus ciudades regidores que, aparte de hacer enormes alardes de pobreza de alma, amén de ignorancia, lo oprime y lo reduce a una vida de tal condición como para convertir la que fuera ciudad opulenta, cosmopolita, rica y universalmente conocida por su esplendor, en un sucio habitat en el que solamente viven a gusto los delincuentes y cierta conocida especie de gente miserable.

 Mallarmé hablaba en un poema de La siesta de un Fauno. Pero aquí no se trata de poemas, sino de la triste realidad de una sociedad que duerme su siesta, tranquila en su estado de corrupción, y que no quiere enterarse de otra cosa sino de que la dejen tranquila y seguir viviendo: ¡Otra de gambas...!

 Con todo, todavía es más grave la situación en la sociedad eclesial, tal como dijimos, y según veremos ahora.

 (Continuará)



http://www.alfonsogalvez.com/es/editoriales/2484-el-silencio-de-los-corderos-1