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mardi 19 septembre 2017

Centro Pieper: «La Revolución Cultural en la Argentina». Cuarenta Años Después - Ernesto Alonso

Centro Pieper: «La Revolución Cultural en la Argentina». Cuarenta Años Después - Ernesto Alonso

«La Revolución Cultural en la Argentina». Cuarenta Años Después - Ernesto Alonso

«La Revolución Cultural en la Argentina»

Cuarenta Años Después

Lic. Ernesto Alonso

El destacado Maestro mendocino, Dr. Abelardo Pithod, escribió en 1974 una interesantísima obra titulada «La Revolución Cultural en la Argentina» de la que se cumplen cuarenta años de su Segunda Edición. Y gracias a la pluma de uno de sus amigos y discípulos, el Lic. Ernesto Alonso, hoy con orgullo recordamos en este Blog del Centro Pieper. A la vista de los graves extravíos actuales de nuestra Argentina, dicha obra es profética, o, al menos, decididamente anticipatoria. Su luz continúa brillando vigorosamente y nos ofrece un inestimable auxilio para entender y afrontar los males presentes. Valgan estas líneas, entonces, como sencillo homenaje a la verdad proclamada y al error denunciado en aquellas páginas; y también a su Autor, el Profesor y Maestro Abelardo Pithod.

Abelardo Pithod, de memoria y en una pincelada 

La segunda edición de «La Revolución Cultural en la Argentina», un breve texto que apenas llega a las cien páginas, tuvo lugar en la segunda quincena de mayo de 1977. Se han cumplido ya cuarenta años. ¿Por qué me interesa recuperar un poco del olvido esta "obra de un científico, obra crítica y también polémica" como escribe el Dr. Roberto Brie en el prólogo? 

Este rescate y rememoración exterioriza motivos personales porque el autor, Dr. Abelardo Pithod, fue uno de mis grandes maestros mendocinos, profesor de Psicología General en la Universidad Católica Argentina (sede Mendoza), y con quien trabajé unos cuantos años como becario de investigación en el Centro de Investigaciones Cuyo (CIC) de esa ciudad. Puedo asegurar que conozco bastante bien al Dr. Pithod y aunque fuese una pérdida irreparable el olvido de sus lecciones en lo concerniente a mi formación intelectual y académica; lamentaría más, empero, extraviar el preciado tesoro que fueron las prolongadas charlas personales que solíamos mantener, café de por medio, en las tardes del CIC.   

De Pithod siempre me impresionó la admirable capacidad para observar en la realidad de hechos y personas la dimensión psicológica y social –era su especialidad– sin perder nunca de vista los grandes principios de la filosofía perenne. Tenía Pithod una "mente psicológica" pues sabía inteligir con penetración y certeza la "causalidad psíquica" en las complejas cuestiones político-sociales y culturales que examinábamos con frecuencia. No era un "tomista de estricta observancia", si por ello se entiende una continua y sistemática dedicación a la filosofía de Santo Tomás, aunque es cierto que tuvo una excelente formación universitaria en filosofía en la Universidad Nacional de Cuyo. 

Abelardo era una "rara avis" entre los intelectuales mendocinos de aquellos años en razón de sus extrañas preferencias y orientaciones, tales como el psicoanálisis de Freud y algunos de los grandes temas y maestros de la sociología contemporánea. Con el paso de los años, y habiendo re-pasado en estos últimos meses «La Revolución Cultural…», advierto cuánto de providencia hubo en que una cabeza católica y realista nos ayudase a inteligir y descifrar los desvaríos de la imaginería freudiana y nos previniese contra los abusos del determinismo social, propios del "sociologismo".  

Esta obra relativamente juvenil del autor tuvo una primera edición en 1974 y es evidente que el tema de la crisis de la cultura y, a nuestro juicio, la metodología con la que el autor se propuso abordar el tema, habrán suscitado el interés de muchos lectores, razón que explicaría la segunda edición de la obra tres años después. "A Carlos Alberto Sacheri, muerto por Dios y por la Patria", es la dedicatoria-homenaje con la que el lector comienza la lectura de la obra. 


¿Por qué «La Revolución Cultural…»?

«La Revolución Cultural en la Argentina» es un libro extraordinario en los dos sentidos que puede tener el término, a saber, en cuanto obra que aporta una contribución original y en razón de la coyuntura histórica en la que fue escrita. En lo relativo al tratamiento del tema, el enfoque particular y el método de abordaje del problema fueron singulares para nuestra patria en aquellos años. No conozco una obra que desde la perspectiva ético-social, pero particularmente desde la matriz psicológica y social, se haya ocupado con tanta hondura y solvencia del desmontaje de los entresijos de la obra revolucionaria llevada a cabo contra los jirones últimos del orden social cristiano en nuestra nación. 

Cabe acreditar al Dr. Pithod, y a su aquilatada formación multidisciplinaria, el haber asimilado toda una serie de valiosos aportes de las ciencias humanas y sociales contemporáneas, haberlos puestos al servicio de la inteligencia católica tradicional, y con ellos haber expuesto las patrañas de los profetas modernos de la revolución cultural. En efecto, uno de los logros más ricos y reveladores de «La Revolución Cultural…» es el haber examinado y denunciado el maridaje entre el marxismo, y su política de la liberación social, y el psicoanálisis, y sus avanzadas en torno a la liberación sexual. El tema II, «El instrumento psicológico para la revolución: la confluencia Marx-Freud», del capítulo I, «La Revolución Psicosocial», es una verdadera pieza maestra de crítica católica y patriótica dedicada a examinar con lucidez aquella tremenda frase de la izquierda freudiana que argumentaba que "la revolución no está en las estructuras económicas y sociales; la revolución está en el interior del hombre". 

En una de las páginas de dicho apartado sostiene nuestro autor que "la revolución ha dado un paso capital en los últimos años, al confluir los dos profetas del mundo contemporáneo: Marx y Freud (…) el tema capital de los años setenta es la nueva izquierda freudiana. No por sí, sino por su potencialidad subversiva, utilizable por el marxismo". Y de la siguiente manera responde a la pregunta de "¿qué aporta el psicoanálisis a la Revolución? – La Revolución, como veremos, ha entendido que hay que cambiar, además de las estructuras sociales, el corazón del hombre (…) ese corazón se forma moldeado por las estructuras y son las estructuras así incorporadas a la interioridad de la persona (internalizadas) las trasmitidas de generación a generación (…) Para ello el psicoanálisis aporta una serie de descubrimientos psicológicos (por ejemplo, el de los mecanismos de la internalización y también de la ´liberación´ interior) y –sobre todo– aporta un método catártico, purificador" (p. 27 y siguientes). 

A mi juicio, y en la línea argumental de la confluencia apenas examinada, uno de los aportes más valorados del libro de Pithod es lo que él denomina "La inflexión marcusiana" (p. 59 y siguientes), en obvia alusión al filósofo y teórico social, judeo alemán, Herbert Marcuse (1898-1979), uno de los más prestigiosos representantes del «Instituto de Investigación Social», asociado a la Universidad de Frankfurt, más conocido como «Escuela de Frankfurt». Marcuse unió en su personalidad las características del intelectual universitario sin dejar de cultivar el perfil de militante y líder del movimiento de rebelión juvenil de fines de los sesenta. Debe decirse que Pithod no se ocupa en su libro del psicoanalista marxista Wilhelm Reich (1897-1957), auténtico precursor ideológico de la subversión cultural y primer antecedente de la revolución sexual puesta al servicio de la revolución cultural, o como el mismo Reich dijera, "la sexualidad al servicio de la batalla cultural". Sí se ocupó de él Enrique Díaz Araujo en «La rebelión de la nada», obra un poco posterior (1983) a la que estoy comentando. 

En pocas páginas, nuestro autor expone y demuele la llamada "inflexión marcusiana", reconociendo al judío marxista su aguda crítica de la "sociedad industrial avanzada", opresiva e irracional; rechazando, empero, la torpe propuesta de una sociedad utópica que "deje el camino libre hacia una etapa más elevada". La denuncia de los males presentes y la ausencia de una inteligencia creativa para proponer una sociedad verdaderamente humana es la herencia de estos críticos tributarios de Marx y de Freud, y para quienes lo que aparece es una suerte de falsedad u ocultamiento mientras que la auténtica realidad aparece velada, oprimida y reprimida. "A la pregunta de cómo cambiar la sociedad actual, Marcuse responde que no basta cambiar las relaciones de producción (marxismo) sino que hay cambiar la mente de la gente, ´la organización de sus instintos´. Hay que liberar sus instintos reprimidos (…) La meta es lograr una vida sin represiones instintivas, una vida estético-erótica, gozosa y ´pacificada´ (…) La derrota de la escasez por la técnica ha hecho posible la utopía" (p. 67). 

Se queja Abelardo, preguntándose si "este infantil anarquismo es todo lo que el profeta tiene que proponernos" (p. 67). «Eros y Civilización» y «El hombre unidimensional» son reconocidamente las obras de mayor enjundia en las que Marcuse elabora una menuda crítica de la alienación represiva a la que está sometido el hombre tanto en la sociedad de consumo capitalista como también en el socialismo soviético. 

"Lo que se quiere destruir: la espiritualidad del sexo"

En el primer capítulo, «La Revolución Psicosocial», prueba Abelardo su pericia para desmontar los mecanismos y procesos psicológico-sociales que sostienen el proceso de demolición cultural. Por lo demás, ha sido un raro descubrimiento la capacidad metodológica y analítica del autor, puesta de manifiesto en el apartado I «El proceso de cambio», pues desarma la semántica revolucionaria en los mismos textos de revistas de divulgación y en periódicos, o bien en el lenguaje visual de la tele y del cine; formatos respecto de los cuales el sentido crítico del público no suele estar particularmente aguzado. «El instrumento psicológico para la revolución: La confluencia Marx-Freud» es el contenido medular del apartado II de este primer capítulo que anticipa los desarrollos sobre «El Psicoanálisis»; «Ello, Yo y Super-Yo»; «La inflexión marcusiana»; «El hombre liberado de la nueva teología»; «El aparato psicológico al servicio de la Revolución Total»; y, «Lo que se quiere destruir: la espiritualidad del sexo», contenidos centrales del apartado I, «Metafísica del Hombre Nuevo», pero del segundo capítulo, «Las Teorías Antropológicas de la Revolución Contemporánea». 

Tal vez sea este segundo capítulo de «La Revolución Cultural…» la contribución más original y esclarecedora del texto todo. Escribe nuestro autor que "tres son las opciones (…) que nos ofrece la revolución contemporánea como idea del hombre. Las tres son ideas ´utópicas´, es decir más allá de todo lugar exacto en el tiempo y en sentido estricto, por ello, metahistóricas. Las tres pretenden desalienar al hombre y por lo tanto, son salvíficas (…) Las tres confluyen ahora en una sola mística e impregnan la cultura subconsciente del mundo de masas (…) Nos referimos a las ideologías del Hombre Desalienado Marxista, del Hombre Liberado Freudiano, del Hombre Salvado de la Nueva Teología. Las tres trabajan místicamente en el advenimiento de la Revolución Total" (p. 49 y siguientes). 

A lo largo de la obra Pithod se ha ocupado de probar que la revolución socialista tendrá una consumación exitosa solo si destruye la fuente de todas las desigualdades, esto es, el matrimonio heterosexual y la familia; que el psicoanálisis propone una revolución de los instintos con un Ello liberado de toda imposición normativa y, finalmente, que la Iglesia revolucionaria acompaña y bautiza el desquicio del hombre con una novedosa moral liberadora. Por fin, se pregunta nuestro autor "(…) ¿qué significa en profundidad este ataque al Sexo, al Amor, a las fuerzas espirituales y biológicas que nos entretejen y son –al fin– eso que llamamos ´nuestra naturaleza humana´? Significa el intento de llevar la mutación del nuevo hombre a sus profundidades vitales, al núcleo que define la unión y el pacto entre el espíritu y el animal que somos. Allí, en ese corazón carnal del hombre se comunican las vidas que nos constituyen, la vida biológica y la vida del espíritu. Es el corazón humano donde se halla el centro de gravedad del hombre". (…) Sin embargo, "rabiosos de esta santidad intangible, los que odian los valores y son movidos en su odio por el Primer Homicida han decidido arrancarnos a jirones el núcleo sagrado de donde surge como de su fuente la llama del ´hogar´: el Amor que se difunde y nos envuelve, que surgiendo del varón y la mujer, se perpetúa a través de la fuente de la vida en otros seres. El Amor Creador donde –como Dios respecto al Verbo– el hombre se realiza realmente en Otro Sí, el hijo. Esto es, ni más ni menos, lo que nos quieren arrancar" (pp. 87 y 88), concluye Abelardo su alegato. 

     

Entre otras muchas, escogí esta cita para mostrar cuánto nos ha aventajado el diagnóstico de aquellos males para entender y enfrentar del mejor modo posible la demolición actual. "Cultura gay-lésbica", "matrimonio igualitario", "perspectiva de género" y "teoría queer" son términos ausentes en las páginas de «La Revolución Cultural…»; empero, no faltan allí las denuncias sobre la "perversión exaltada", la "libertad sexual" y la "agresión pornográfica". Es evidente, por lo que cabe advertir, que puede cambiar algo la cosmética del adversario pero la ferocidad del rostro oculto permanece inalterable y conviene agradecer al Dr. Abelardo Pithod la singular agudeza y pasión por la verdad con las que pintó de cuerpo entero el maridaje freudo-marxista que continuó el ataque contra las cimientos crujientes de la Civilización Cristiana y que osó penetrar aún en el recinto sacro de la Esposa de Cristo mediante la propaganda tercermundista y liberadora. 

Cristo Rey y la religión del hombre

Cristo Rey y la religión del hombre

Cristo Rey y la religión del hombre

La reciente homilía del Obispo de Roma durante su visita a Colombia, en Villavicencio, el 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, en la que se refirió al Evangelio de San Mateo 1, 1-17, ha sido una vez más un baldazo de agua fría a la pureza doctrinal de la Fe Católica. Una vez más, las expresiones de Franciscus han producido desazón en los fieles católicos rectamente formados.[1]

I. Los antepasados del Señor

Si en virtud del matrimonio de José con María, Jesús pudo llamarse hijo de José, por la misma razón pudo llamarse hijo de David.[2]

Pero, ¿por qué Cristo es concebido de una Virgen desposada y no de una simple virgen? Por tres razones: la primera, para que por la genealogía de José se supiese el origen de María; la segunda, para que los judíos no la apedreasen como adúltera; y la tercera, para que al huir a Egipto tuviese quien la consuele. El mártir Ignacio aduce otra razón: para ocultar al demonio el parto de María, y que siempre creyese que Cristo había sido engendrado no de una virgen, sino de una mujer casada (San Jerónimo).[3]

Es de notar en la genealogía del Salvador, que no se nombra a ninguna de las mujeres santas, sino a las reprendidas en la Escritura, a fin de que borrase los pecados de todos, naciendo de pecadores aquél que había venido por los pecadores. De ahí que entre aquellas mujeres se cite a Rut la moabita (San Jerónimo).[4]

II. Dios y hombre verdadero

El título Hijo de Dios aplicado a Jesús se usa hasta cien veces en los libros del Nuevo Testamento, y siempre aplicado a un solo sujeto que es Jesucristo. Ni los grandes y venerados patriarcas como Abraham, ni los exaltados inspirados profetas como Isaías, se aplican ni aplican a ningún otro sujeto este título que significa divinidad.

Quien tenga cataratas en los ojos de su alma, no podrá admitir este argumento decisivo de la divinidad de Jesús.

Hay quienes dicen aprender todo, sólo de la Biblia, pero ante estas cien citas de Hijo de Dios prefieren cerrar los ojos a la luz. Al culto Nicodemo, hablándole de sí mismo afirmará Cristo: Porque así amó Dios al mundo: hasta dar su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna.[5]

A los fariseos que le persiguen con saña, ansía demostrar su misión superior a la de todo hombre, les patentiza diciendo: Por esto me ama el Padre, porque Yo pongo mi vida para volver a tomarla. Nadie me la puede quitar, sino que Yo mismo la pongo. Tengo el poder de ponerla, y tengo el poder de recobrarla. Tal es el mandamiento que recibí de mi Padre.[6]

Los fariseos terminarán por ajusticiarle, pero Jesús les avisa que no es el poder de las autoridades judías, el que le detendrá, le condenará y le crucificará, porque ningún hombre por poderoso que sea puede arrebatarle su vida demostrando que como Dios, está por encima de todas las autoridades y de todos los ejércitos.

Sí que le aniquilarán externamente pero será porque Él voluntariamente va a la muerte, para cumplir así el proyecto del Padre de salvar a toda la humanidad mediante su Sangre generosa, pero les añade que no todo quedará en la muerte.

Una clara manifestación de su Resurrección que no la podrán evitar sus enemigos, Jesús da un paso más en su argumentación al afirmar que la misma vida eterna feliz, consiste en admitir y respetar su divinidad, Y la vida eterna es: que te conozcan a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo Enviado tuyo.[7]

Los judíos le darán vil y vergonzosa muerte, y Jesús pedirá perdón por ellos al Padre porque creen que asesinan a un hombre no a un Dios: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.[8]

La persona de Jesús está formada por la unión de dos naturalezas muy diversas, la divina y la humana. Es caso único irrepetible. El Padre y el Espíritu Santo, no se hicieron hombres, sino el Verbo, la Segunda Persona de Dios, transformado en el Hombre-Dios, Jesucristo.

Esta unión de las dos naturalezas, la explica Pablo por el anonadamiento, que significa hacerse nada, aniquilarse: Cristo se anonadó en su forma de Dios.[9] Cristo no perdió su ser de Dios, sino tan solo, su forma, su gloria, y su brillante atavío.

David lo contempla en los esplendores del poder y dice Tu pueblo se te rendirá el día de tu esfuerzo, sobre los montes sagrados serán para ti los enemigos como rocío de aurora. Ha jurado Yahvé y no se arrepentirá, tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec.[10]

Pero David descubre también que los enemigos le rodean como perros, le cerca una turba de malvados, han taladrado sus manos y sus pies, y se pueden contar todos sus huesos, ellos le miran y le observan con gozo, se han repartido sus vestidos y echan suertes sobre su túnica.[11]

Con idénticos contrastes Isaías ve a Jesús, es igualmente violento e insufrible este cambio, se trata de un Mesías cuya generación nadie puede contar, y nos lo describe levantándose como el alba, brillante como una antorcha, constituido rey y maestro de todas las naciones, sin embargo según el mismo Isaías, este Mesías será despreciado, oprobio de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los agravios, alguien ante el cual se vuelve el rostro escarnecido, estimado en nada, ¿cómo cazar descripciones tan contrarias? Son dos caras del mismo Señor, una y otra admirables y su unión incomprensible, el pensamiento escudriñador desmaya y cede su puesto a la arrobada contemplación, contemplamos al Creador del sol, nacido bajo el sol, es el creador de su Madre y lo transportan unos brazos que Él ha construido, lo alimentan unos pechos que Él se ha ocupado de llenar.

Magistralmente ha resumido y calificado san Agustín este espectacular contraste, cuando nos confiesa: La fortaleza de Cristo te creó, pero su debilidad te recreó. Su fortaleza hizo que fuese lo que no era, y su debilidad hizo que no pereciera lo que ya era.

«Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, Dios de Dios, que se encarnó en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre por nosotros».

III. La religión del hombre

«Existe hoy en la Iglesia una general propensión a trasladar la orientación de la vida cristiana desde el Cielo hacia la tierra, y a atribuir a la ley evangélica (que anuncia el primado de Dios) el primado del hombre. Por tanto las verdades de fe son sujetas a una desalación que las expolia de todo cuanto tienen de sobrenatural y hostil al sentido del hombre, haciendo insípida la sal de la tierra. Y la profundidad del mal, introducida en la mentalidad del pueblo de Dios, se arguye también por el escaso sentimiento y por las débiles protestas del pueblo de Dios contra la seducción doctrinal. No debe sorprender este indiferentismo. Las defecciones de pueblos enteros fueron precedidas por la defección de los clérigos: desde las de Alemania e Inglaterra del siglo XVI hasta las recentísimas de las Iglesias rumana (1945), rutena (1947) y china (1957). Y no debe preterirse que la extinción en la multitud del resentimiento contra la depravación doctrinal es indicio de la gravedad del daño».[12]

En efecto, la nueva teología calla lo vertical, pues está centrada totalmente sobre lo horizontal, en el hombre. La teología auténtica es teocéntrica (centrado en la Santísima Trinidad) mientras que la nueva, o, pseudo teología es completamente antropocéntrica (centrada en el hombre). Para esa falsa nueva teología, no hay dogma que quede en pie. Ni el del pecado ni el de la gracia, ni el de Cristo ni el de Dios. Todo es subvertido en nombre de la ciencia. Un cristianismo horizontal, falso y adulterado.

Una teología en la que primero nos celebramos nosotros y después a Cristo (Urs von Balthasar), y, ¿no es una abominación el pretender bajar a Dios del trono de su divinidad y exaltar al hombre en su lugar? Celebrarnos a nosotros mismos en lugar de Dios es ciertamente abominable. Si la Misa se convierte en una celebración horizontal, inmanente, sin trascendencia, el sacrificio de Jesús se vuelve entonces solamente una idea.

Dios es anterior al hombre. El modernismo invierte ese orden haciendo de la religión un instrumento antropocéntrico en lugar de teocéntrico, las corrientes progresistas reducen la teología a antropología, o si se quiere, exaltan al hombre a un nivel superlativo, como itinerario corruptor a través del cual se llega a un suicidio espiritual: un antropocentrismo inmanentista, encubierto hacia el saqueo de lo celestial.

«Cristianismo horizontal» que se olvida de Dios, centrado exclusivamente en «el prójimo», que coloca al hombre y no a Dios como centro de la religión. Dios se encuentra solamente en la faz, las funciones, las fortunas y el futuro del hombre. La primacía del hombre se identifica con la primacía de Dios.

«La promoción de la dignidad humana, buscada solamente en tanto y en cuanto glorifica a Dios, es ciertamente finalidad de la Iglesia recibida del Espíritu Santo en Pentecostés. Pero buscada por sí misma (como fin simpliciter y no como finís quo), es finalidad del orgullo humano engañado por el diablo».[13]

Es el modernismo en acción, que historiza los preceptos morales universales, y los traduce en pautas instrumentales de eficacia histórica.[14]

IV. Quas primas

El Papa Pío XI, el 11 de diciembre de 1925 hacía pública la gran encíclica Quas primas con la que instituía la fiesta de Cristo Rey.

Enseña el Papa Ratti: Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras. Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob; el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra.[15]

Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada. En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin.[16]

San Cirilo de Alejandría nos describe acertadamente el fundamento de esta dignidad y de este poder de Nuestro Señor: Posee Cristo el poder supremo sobre toda la creación, no por violencia ni por usurpación, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza. Es decir, la autoridad de Cristo se funda en la admirable unión hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado como Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los ángeles y los hombres deben sumisión y obediencia a Cristo en cuanto hombre; en una palabra, por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad universal sobre la creación. Este es el pensamiento del Papa sobre el tema: la unión hipostática de la naturaleza humana con la persona del Verbo, confiere a la naturaleza humana asumida en Jesucristo, una dignidad tal que transciende toda otra dignidad de la que pueda ser revestida una naturaleza humana. No sería admisible ni aceptable que se pudiese poner al lado de la naturaleza humana asumida por el Verbo una dignidad que, en derecho, pudiera reclamar una superioridad sobre Cristo-Hombre. No sería admisible que un Príncipe, una Cámara legislativa, pudieran declararse efectiva y jurídicamente superiores a Aquel que Dios ha revestido de la prerrogativa trascendente de la Unión hipostática. Esta es el fundamente primero y esencial del poder real atribuido a Jesucristo.

Pío XI continúa diciendo: Por otra parte, ¿hay realidad más dulce y consoladora para el hombre que el pensar que Cristo reina sobre nosotros, no sólo por un derecho de naturaleza, sino además por un derecho de conquista adquirido, esto es, el derecho de redención? Ojalá los hombres olvidadizos recordasen el gran precio con que nos ha rescatado nuestro Salvador: Habéis sido rescatados… no con plata y oro corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, ofrecido como cordero sin defecto ni mancha. Ya no somos nuestros, porque Cristo nos ha comprado a precio grande. Nuestros mismos cuerpos son miembros de Cristo. Y este es el pensamiento del Papa. Toda creatura pertenece a Dios. El hombre se había perdido por el pecado y no tenía con qué pagar por él. Jesucristo, Verbo de Dios hecho Hombre, se encargó de pagar Él mismo esta deuda con su Sangre divina. A su vez, la Santísima Trinidad le dio en recompensa todo el género humano y toda creatura y le concedió especialmente a Él, el privilegio de formar un solo cuerpo y una sola cosa con todos los hombres que se le uniesen por la gracia.[17]

«¡No queremos que El reine sobre nosotros!» «¡No tenemos otro rey sino César!» Son los términos por los cuales los judíos repudiaron la Realeza de Nuestro Divino Salvador.

Y estos son los términos en los cuales todavía hoy se desarrolla la lucha. «El enemigo es el paganismo de la vida moderna, las armas son la propaganda y el esclarecimiento de los documentos pontificios. El tiempo de la batalla es el momento actual. El campo de batalla es la oposición entre la razón y la sensualidad, entre los caprichos idolátricos de la fantasía y la verdadera revelación de Dios, entre Nerón y Pedro, entre Cristo y Pilatos. La lucha no es nueva; es nuevo solamente el tiempo en que ella se desarrolla».[18]

Germán Mazuelo-Leytón

[1] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2017/documents/papa-francesco_20170908_omelia-viaggioapostolico-colombiavillavicencio.html

[2] SAN AGUSTÍN, Sobre la Concordancia de los Evangelios, II, i, 2.

[3] DE AQUINO, Santo TOMÁS, Catena aurea.

[4] Ibíd.

[5] SAN JUAN, 3, 16.

[6] SAN JUAN 10, 17-18.

[7] SAN JUAN 17, 3.

[8] SAN LUCAS 23, 34.

[9] FILIPENSES 2, 7.

[10] SALMO 109.

[11] Cf.: SALMO 22.

[12] AMERIO, ROMANO, Iota unum.

[13] CALDERÓN, ALVARO, Prometeo. La religión del hombre.

[14] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, De Dios nadie se burla. http://adelantelafe.com/de-dios-nadie-se-burla/

[15] PIO XI, Encíclica Quas primas, 7.

[16] Ibid., 9.

[17] PHILIPPE C.S.S.R, Padre A., Catecismo de la Realeza Social de Jesucristo. Ns. 26 y 27.

[18] PACELLI, Cardenal EUGENIO, Discurso al Congreso de los Periodistas Católicos.

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Miembro de la Fundación «Vida y Familia» de su diócesis. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines

lundi 18 septembre 2017

Réforme liturgique : ce qu'a dit le pape François et les raisons de l'attachement irréversible de la FSSPX à la messe traditionnelle – 5 septembre 2017

Fraternité Sacerdotale Saint-Pie X - FSSPX - SSPX - La Porte Latine - Catholiques de Tradition - Mgr Lefebvre - Mgr Fellay - Réforme liturgique : ce qu'a dit le pape François et les raisons de l'attachement irréversible de la FSSPX à la messe traditionnelle – 5 septembre 2017

Réforme liturgique : ce qu'a dit le pape François et les raisons de l'attachement
irréversible de la FSSPX à la messe traditionnelle – 5 septembre 2017

Lire aussi : Le Pape François réaffirme que la
réforme liturgique est «irréversible» – 24 août 2017

Le pape François s'est exprimé sur la célébration du culte divin, à l'occasion de la Semaine liturgique italienne qui fêtait cette année le 70e anniversaire de la fondation du Centre d'action liturgique. Au cours de l'audience qu'il a accordée le jeudi 24 août 2017 aux participants, le Souverain Pontife s'est étendu, comme il ne l'avait encore jamais fait, sur la réforme liturgique engagée au nom du concile Vatican II.

Son intervention présente la réforme de la messe entreprise par le pape Paul VI comme le résultat du mouvement liturgique encouragé par saint Pie X en 1903 et continué par Pie XII en 1947 (encyclique Mediator Dei). Pour François, il est manifestement vain de chercher la moindre solution de continuité entre le rite traditionnel, codifié par saint Pie V et enrichi de manière homogène au cours des siècles, et le nouveau rite fabriqué en 1969 en application de la Constitution sur la divine liturgie Sacrosanctum Concilium (4 décembre 1963). L'allocution du pape se divise en deux parties.

Les propos du pape François

Dans un premier temps, le pape François, tout en reconnaissant que l'histoire récente de la liturgie est marquée par « des événements substantiels et non superficiels », s'attache à les relier au mouvement liturgique d'avant Vatican II. Outre saint Pie X, il cite l'encyclique Mediator Dei et les réformes entreprises par Pie XII : « version du psautier, atténuation du jeûne eucharistique, usage de la langue vivante dans le Rituel, importante réforme de la Vigile pascale et de la Semaine sainte ».

Quant à la réforme voulue par les Pères du concile Vatican II, François s'emploie à la présenter comme un besoin de renouveau : « On désirait une liturgie vivante pour une Eglise toute vivifiée par les mystères célébrés ». Le moyen privilégié pour ce faire fut la participation des fidèles, qui devaient dorénavant comprendre et prendre part à l'action sacrée (Sacrosanctum Concilium, n°48). Paul VI engagea l'autorité de l'Eglise pour promouvoir et animer « cette nouvelle manière de prier ».

Cinquante ans plus tard, François affirme que l'application pratique du nouveau rite « est encore en œuvre parce qu'il ne suffit pas de réformer les livres liturgiques pour renouveler la mentalité. Les livres réformés selon les décrets de Vatican II ont unifié un processus qui requiert du temps, une réception fidèle, une obéissance pratique, une sage mise en œuvre de la célébration… »

Dans la seconde partie, le pape s'attache à commenter le thème de la rencontre : « Une liturgie vivante pour une Eglise vivante ». Cette vitalité liturgique s'exprime d'une part dans « l'actuation du sacerdoce du Christ Jésus, à savoir l'offrande de sa vie jusqu'à étendre les bras sur la croix, sacerdoce rendu présent de manière constante à travers les rites et les prières, au plus haut point dans son Corps et dans son Sang, mais aussi dans la présence du prêtre, dans la proclamation de la Parole de Dieu, dans l'assemblée réunie en prière en son nom ». Tout s'oriente vers l'autel autour duquel est réunie l'assemblée. C'est là qu'est « déposée l'offrande de l'Eglise que l'Esprit consacre comme sacrement du Sacrifice du Christ ».

Si la liturgie est pour le peuple de l'Eglise, elle est aussi une action du peuple. Elle n'est pas cléricale mais populaire. De la sorte, l'assemblée liturgique « exprime la piété de tout le peuple de Dieu ». Le pape met en avant le culte ainsi défini comme « une expérience initiatique » : ne se réduisant ni à une doctrine à comprendre ni à un rite à accomplir, elle est « une source de vie et de lumière pour notre chemin de foi » permettant d'entrer dans le mystère de Dieu. C'est une communion à expérimenter, une école de vie chrétienne, une catéchèse mystagogique.

Le souverain pontife achève son allocution en encourageant les responsables du Centre d'action liturgique à « servir la prière du saint peuple de Dieu », de sorte que la liturgie soit « source et sommet de la vitalité de l'Eglise » (Sacrosanctum Concilium, n°10).

Proclamer la continuité avec la Tradition ne suffit pas à la rendre effective

Contrairement à son prédécesseur immédiat qui avait parlé de « destruction de la liturgie » et avait appelé de ses vœux « une réforme de la réforme », le pape François revendique résolument l'œuvre accomplie. Il nie toute rupture avec le rite traditionnel en affirmant même, à la suite de Jean-Paul II, que la nouvelle messe s'inscrit dans le « respect de la saine tradition et du progrès légitime » au point de pouvoir dire « que la réforme liturgique est strictement traditionnelle ad normam Sanctorum Patrum » (Lettre apostolique Vicesimus quintus annus, 4 décembre 1988, n°4). En assumant ainsi la réforme liturgique, son esprit et sa mise en œuvre qui doit se poursuivre, François rejette de fait toute critique légitime du nouveau rite et ne veut pas voir la réalité de la crise liturgique.

Quand on connaît avec quels accents le pape Pie XII condamna l'archéologisme liturgique et fustigea les entreprises des novateurs de son époque, on ne peut que rester interdit face à une telle présentation. Il ne suffit pas de proclamer la continuité de la saine tradition pour qu'elle soit effective. L'insistance sur la vitalité de la célébration, la participation des fidèles et le rôle de l'assemblée du peuple de Dieu révèle l'exacte pensée du souverain pontife. Il entend assumer toute l'entreprise réalisée en la matière, une entreprise que n'aurait pas désavouée Luther. En effet, le retournement des autels, l'abandon du latin, des génuflexions, du recueillement, du culte latreutique, le primat de la parole sur le sacrifice, de l'assemblée sur le rôle du prêtre, de l'animation sur l'action sacrée, tout cela manifeste bien une certaine protestantisation de la messe catholique…

La note 10 cite une Allocution du pape Paul VI en 1977, un an après le consistoire qui déclara interdite la messe de toujours. Tout en affirmant que le nouveau rite de la messe est resté « substantiellement inchangé », le pape s'y félicite du « grand progrès » qui a résulté de sa promulgation et de ses « fruits indiscutablement bénéfiques » : « une plus grande participation à l'action liturgique, une conscience plus vive de l'action sacrée, une connaissance plus grande et plus ample des trésors inépuisables de la Sainte Ecriture, une augmentation du sens communautaire dans l'Eglise. Le cours de ces années montre que nous sommes sur la bonne voie ». Le seul regret concerne l'existence « des abus et des libertés dans l'application » qu'il convient désormais de « laisser définitivement tomber ».

François partage manifestement cet optimisme que l'on n'ose pas qualifier de fuite en avant. Ce qui ne va pas, ce sont les abus, mais le nouveau rite lui-même ne saurait être remis en cause. Pour preuve, il a ajouté : « Nous pouvons affirmer avec assurance et avec autorité magistérielle que la réforme liturgique est irréversible » (cette affirmation figure dans l'édition officielle italienne de l'allocution pontificale).

Les raisons de notre attachement irréversible à la messe traditionnelle

La Fraternité Saint-Pie X continue pour sa part de dénoncer comme mauvais ce rite qui a été fabriqué dans un but œcuménique et selon une définition tronquée de la nature de la messe. Le Novus Ordo Missae de Paul VI véhicule une « nouvelle manière de prier » qui rompt avec la liturgie catholique ; jusqu'ici celle-ci protégeait la foi des fidèles et dirigeait leur prière vers l'unique sacrifice rédempteur, en concentrant toute l'action sacrée sur la réalité du sacrifice eucharistique, conformément à la doctrine catholique.

Dès le 25 septembre 1969, le cardinal Alfredo Ottaviani, préfet de la Congrégation pour la doctrine de la foi, ainsi que le cardinal Antoinio Bacci, adressaient une lettre au pape Paul VI. Avec respect, ils lui exposaient comment, vu les éléments nouveaux introduits dans le rite, le nouvel Ordo Missae « s'éloigne de façon impressionnante, dans l'ensemble comme dans le détail, de la théologie catholique de la Sainte Messe, telle qu'elle a été formulée à la XXème session du concile de Trente, lequel, en fixant définitivement les "canons" du rite, éleva une barrière infranchissable contre toute hérésie qui pourrait porter atteinte à l'intégrité du Mystère ».

Les cardinaux Ottaviani et Bacci poursuivaient en expliquant comment, sous couvert de « raisons pastorales », la liturgie réformée provoque une rupture avec la doctrine catholique. Les nouveautés prennent le pas sur les réalités éternelles au grand désarroi du peuple fidèle. Lorsque la loi se révèle nocive, il est de leur devoir « de demander au législateur, avec une confiance filiale, son abrogation ».

A leur suite, Mgr Marcel Lefebvre (1905-1991) a dénoncé l'esprit œcuménique libéral qui avait présidé à l'élaboration du nouveau rite, sous la direction de Mgr Annibale Bugnini et avec l'aide de pasteurs protestants. Dans une lettre au cardinal Franjo Seper, alors préfet de la Congrégation pour la doctrine de la foi, le fondateur d'Ecône montrait comment « la nouvelle Messe représente une dévalorisation très sensible du mystère sacré ». D'une part « l'expression de la foi catholique dans les réalités divines de ce mystère » a perdu son caractère de sublimité. D'autre part, et bien plus, « de nombreuses suppressions et attitudes nouvelles finissent par engendrer le doute dans l'esprit des fidèles et les amènent à adopter une mentalité protestante, sans s'en rendre compte ».

Face à ce qu'il appelait « une synthèse catholico-protestante », Mgr Lefebvre interrogeait ses interlocuteurs romains : « Comment le Saint-Siège a-t-il pu engager une telle Réforme sans se soucier des actes du magistère, et en reprenant à son compte les errements des protestants, des jansénistes, du concile de Pistoie ? » Choisissant la voie la plus sûre, il concluait : « nous voulons garder la foi catholique par la Messe catholique, non par une Messe œcuménique, quand bien même valide et non hérétique, mais favens haeresim » [qui favorise l'hérésie].

Tel est le motif grave et profond de l'attachement indéfectible – et irréversible – à la Messe romaine de toujours, « qui ne peut être abolie et ne peut être l'objet de censures selon le jugement infaillible de saint Pie V ».

Sources : FSSPX.news / La Porte Latine du 5 septembre 2017

samedi 16 septembre 2017

RORATE CÆLI: "Dear Pope Francis": A Letter to the Pope -- by Fr Richard Cipolla

RORATE CÆLI: "Dear Pope Francis": A Letter to the Pope -- by Fr Richard Cipolla

"Dear Pope Francis": A Letter to the Pope -- by Fr Richard Cipolla

Dear Pope Francis:

I write this letter to you with a heavy heart full of concern for the Church and for you as the Successor of Peter.  We Catholics are called to love you and support you in your difficult ministry in the Church.

And we do.  But there are many of us who are concerned that you do not have your pulse on the state of the Church as it is in today's world.  You seem sometimes to act arbitrarily on important matters such as the liturgical life of the Church and moral teaching in a way that suggests that you think like someone from the 1960s.  While we must respect the Second Vatican Council as an Ecumenical Council, the ways of thinking that were in place at that time are very different from those of the present time.  In many ways that Council signaled the end of modernity, at least in the Church.  We are called now to try to understand what it means to live in a post-modern age, come to terms with it and then get on with the task of evangelization in a post-modern world.

It hurts us deeply when you talk in a disparaging way about those whom you call "traditionalists" and dismiss them as obsessed with the past, narrow minded, and uncharitable.  There may be some who fit this image, but those whom I know who love the Sacred Tradition of the Church, far from being obsessed with the past, are vitally concerned with the future of the Church and have no desire to live in a golden age of the Church that never existed.  

These men and women, including bishops, priests, deacons and lay, are quite happy to live in the world of today with its special challenges and seek to bring the Gospel of Jesus Christ and the Sacred Tradition that embodies the teaching handed down from the Apostles to the post-modern world.

You seem, dear Holy Father, to be unaware that unlike the modern world that has passed away with its rationalism and anti-traditional bias, the young people in the post-modern world are genuinely interested in Tradition and are fascinated by their experience of that Tradition whether it be in art, in architecture, in music, or in the Traditional Liturgy of the Church.  The problem is that the Second Vatican Council produced a liturgy that is the fruit of the modern era.  It is already stale today in the post-modern world.  If you should visit the seminaries in this country, what you would find is that a majority of our seminarians are quite positive about the Traditional Mass that was suppressed in the post-Conciliar years.  They are not carrying the baggage you and I carry from the upheavals of the 60s.  The young people today are like blank slates, which is to their advantage. They see beauty in the Tradition, they are attracted to it and wonder why that beauty is no longer experienced by most Catholics today.

At the very time when the unity of the Catholic Church is threatened within and without, you have actually deepened that threat by your recent changing of Canon Law to give power to local Bishops Conferences to make their own adaptations of the liturgy of the Mass.  Not only will we be divided by language, we will soon be divided by the rite of the Mass itself.  You are right in trying to free the liturgy from the bureaucracy of the Roman Congregations.  For the liturgical Tradition cannot undergo organic growth if liturgy is reduced to rubrics and law.  But the path you are following threatens the unity of the Church herself.  The Mass should not be used as an instrument of that "inculturation" that was the obsession of the modern Church of the past.

Dear Pope Francis:  I pray that you will think about what I have said in this letter and consider ways to find out where your flock really is in today's world.  You will not do this by surrounding yourself with those who are still living in the 1960s.  Do not be afraid to embrace the Sacred Tradition of the Church.  That embrace will make you a happy man and a wise Bishop of Rome.

With filial affection,

Father Richard Gennaro Cipolla

Cardinal Sarah: Reverent liturgy is essential to fighting the culture of death | News | LifeSite

https://www.lifesitenews.com/news/cardinal-sarah-reverent-liturgy-is-essential-to-fighting-the-culture-of-dea?utm_source=LifeSiteNews.com&utm_campaign=9621af82cd-Catholic_9_15_2017&utm_medium=email&utm_term=0_12387f0e3e-9621af82cd-402192817

Cardinal Burke: ‘Discernment does not decide what is right or wrong’ | News | LifeSite

https://www.lifesitenews.com/news/dubia-cardinal-reaffirms-church-teaching-on-communion-for-divorced-and-rema?utm_source=LifeSiteNews.com&utm_campaign=9621af82cd-Catholic_9_15_2017&utm_medium=email&utm_term=0_12387f0e3e-9621af82cd-402192817

vendredi 15 septembre 2017

Nuestra Señora de los Dolores

Nuestra Señora de los Dolores

Nuestra Señora de los Dolores

Queridos hermanos, en dos distintos lugares de las Sagradas Escrituras se hace mención a las grandes penas que afligieron al puro e inocente corazón de la Santísima Virgen. El primero en el capítulo segundo de San Lucas, y el segundo en el capítulo diecinueve de San Juan. El primero contiene la profecía del anciano Simeón, en el que le decía que su alma había de ser traspasada con una espada –Y una espada atravesará tu alma para que descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc. 2, 35) – , y en este instante la Santísima Virgen vio de un golpe los terribles tormentos que había de padecer su Hijo, y las acerbas penas que habían de resonar en su corazón. En aquel momento vio la descripción terrible que hace el profeta Isaías de Jesucristo paciente. No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, no hay en él belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada (Is. 53, 2-3).  Pero la tribulación que padeció en aquel momento, fue inferior al dolor que padeció después en la Pasión sangrienta de su Hijo, cuando va de la imaginación a la verdad.

Los dolores de María asistiendo a la cruz de su Hijo, tienen el  aspecto más terrible que puedan tener, y así lo presentó San Juan, que siendo muy preciso en referir detalles de la Pasión del Señor, se contenta con decir que María estaba al pie de la cruz. Estaban al pie de la cruz su Madre…. Mujer he ahí a tu hijo… He ahí a tu Madre (Jn. 19, 25-27). Pero en esto mismo se contiene tanta materia para considerar los dolores de la Santísima Virgen, que apenas habría escritor piadoso que haya podido apurar en sus escritos todo el amargo cáliz que bebió entonces la Madre de Dios. Sin lugar a dudas sus dolores en esta ocasión exceden la comprensión del entendimiento humano, y solamente se puede llegar a percibir con algunas consideraciones piadosas. No rehuirá ningún dolor a su inmaculado corazón,  antes bien, padece con su Hijo todas las penas y sufrimientos para la redención del género humano.

Ve con sus ojos las manos atrevidas que despojan las ropas teñidas de sangre de su inocente Hijo; ve que con rabiosa furia le quitan la túnica inconsútil, que ella misma confeccionó, y que renovando las llagas de su sagrado cuerpo y cabeza, comienza a correr de nuevo chorros de sangre por su divino rostro. Aparece Jesucristo desnudo, sin más auxilio que la decencia que tiene el hombre por sí mismo. Y la Madre de honestidad y de pureza, cuyos ojos castísimos infunden decencia, aquella que entre todas las mujeres fue la primera que dio a la virginidad un precio inestimable y casi infinito, ¡cómo tendría el corazón, viendo a su Hijo, virgen de los vírgenes, en una desnudez tan afrentosa, y a la vista de tanta multitud!  ¿Cuánto sentimiento causaría en el espíritu de la Santísima Virgen ver a su Hijo desnudo, y que este oprobio era celebrado con risas y carcajadas, con improperios y blasfemias? Bien podemos ver sus ojos fijos en el endurecido  Cielo, suspenso su espíritu y admirando los inescrutables consejos y adorables fines  de la justicia del Padre Eterno.

Oye el ruido de los martillos, y percibe que están clavando a su Hijo en el madero de la cruz. Suenan en sus oídos  los chasquidos con que crujen los huesos del cuerpo al tiempo que entre inefables dolores se descoyuntan. Ve que mientras se alza un griterío entre el pueblo presente, levantan en alto la cruz para dejarla fija en el suelo. ¡Qué dolor tan agudo el de la benditísima Virgen en este momento! ¡Qué tormento dolor  el suyo cuando vio que clavado Jesús en el madero, y moviéndose en la cruz, se desgarra más y más las sangrientas heridas! ¡Qué sentimiento ver caer la sangre divina sobre las piedras del Calvario, y aun sobre los mismo que lo crucificaban, cuyos pecados estaba lavando! ¡Qué angustia, en fin, la de aquel inocente y puro corazón que ya vio a Jesús cubierto de oprobios, y hecho varón de dolores, como había profetizado Isaías! Su corazón quedó traspasado de dolor: la espada de su Hijo le atravesó el alma en lo exterior, y dentro de su espíritu estaba la imagen de  la misma muerte.

Nada hay en la naturaleza que pueda consolarla, Si se fija en la tierra, ve los copiosos arroyos de sangre que manan de las heridas del Crucificado; si los levanta al Cielo, se encuentran con su divino Hijo en la cruz; si mira a la multitud, sus risas y sus blasfemias atormentan sus ojos y sus oídos; y si se para a contemplarlo, se le presentan uno por uno los miembros dislocados de Jesús, en el que no ve más que saliva asquerosa, palidez, cardenales, heridas, sangre, horror y muerte.

Si los dolores eran ya grandes en este momento, se redoblaron cuando advirtió que el rostro de Jesús se cubría de palidez y sombra de muerte, y que decayendo poco a poco el aliento, iba a dar el último suspiro, y ve que transformado del todo, clama con gran voz a su Eterno Padre, exhalando su santísima alma, consumando la Obra de Redención del mundo.  Aquí fue el último desconsuelo de María; aquí se acabó de poner de luto su purísimo corazón.

Aquí la Madre de Dios fue más que mártir.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.

La moral de situación

La moral de situación

La moral de situación

Grandes maestros tuvo el tomismo en la Argentina. Mucho han dejado escrito, y por ver la esencia de las cosas, incluso han profetizado sobre muchos de los sucesos que han venido posteriormente.

Entre estos grandes tomistas de nuestra Patria destacan las figuras del p. Julio Meinvielle y del p. Leonardo Castellani. Pero no se crea que fueron los únicos. Podríamos nombrar una pléyade más. Entre éstos, como no mencionar a Mons. Octavio Derisi, fundador en 1946 de la revista Sapientia, en 1948 de la Sociedad Tomista Argentina y en 1958 de la Universidad Católica Argentina (UCA).

SU VIDA

Nació en Pergamino (provincia de Buenos Aires) el 27 de abril de 1907. En marzo de 1919, con doce años, ingresó en el Seminario menor de Villa Devoto, donde cursó cinco años. Continuó sus estudios en el Seminario Pontificio de Buenos Aires, donde cursó los tres años de filosofía y los cuatro de teología. Fueron compañeros y amigos suyos el mencionado p. Julio Meinvielle, el p. Juan Sepich y el p. Fernando Garay. El 20 de noviembre de 1930 fue ordenado sacerdote del clero secular por el cardenal Santiago Luis Copello en la iglesia del Seminario bonaerense. Ya presbítero y culminados sus estudios eclesiásticos, el obispo de La Plata, Monseñor Francisco Alberti, le nombra profesor del recién fundado Seminario Diocesano San José de La Plata, al que se incorpora el 1º de febrero de 1931. En 1935 asume la cátedra de Historia de la Filosofía, en 1936 la de Filosofía y más tarde, y durante casi medio siglo, se encargará de la docencia de la Metafísica.

Entre 1934 y 1938 realizó los estudios civiles de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo el doctorado en filosofía con una tesis sobre "Los fundamentos metafísicos del orden moral".

En 1945 recibió el Primer Premio Nacional de Filosofía por su obra Filosofía moderna y filosofía tomista, y en 1946 fue nombrado profesor titular interino de Gnoseología y Metafísica de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata. Tuvo entre sus discípulos a Mons. Guillermo Blanco, que será luego su sucesor en la UCA. En esos años de oro del seminario de La Plata enseñaban simultáneamente Derisi, Rau, Straubinger (el famoso biblista traductor de la primera versión al español de la Sagrada Escritura en América, directamente de sus originales), Trota, Plaza, Gil Rosas, Garay y Elgar. En estos años, tradujo y supervisó la traducción de gran cantidad de trabajos de tomistas, entre ellos Martin Grabmann, Reginald Garrigou-Lagrange y Jacques Maritain.

En julio de 1946 se publica el primer número de la revista Sapientia, de la que fue su primer director. Representa unos de los órganos más importantes de difusión del tomismo en el mundo de habla hispana. También intervino en la organización de la Revista de Filosofía de la Universidad de La Plata, de la que fue director hasta 1955.

En 1948 intervino en la fundación de la Sociedad Tomista Argentina, que se constituyó el 9 de noviembre de 1948 con una Comisión Directiva presidida por Tomás Darío Casares, de la que eran vicepresidentes Octavio Nicolás Derisi y Nimio de Anquín, secretario general Julio Meinvielle, pro-secretario Abelardo Rossi y vocales el dominico Marcolino Páez y el doctor Benito Raffo Magnasco. Inmediatamente la Sociedad Tomista Argentina se adhirió a la Unión Mondiale des Sociétés Catholiques de Philosophie (en Francia, el 16 de diciembre de 1948). "Concretó en el marco de los Cursos de Cultura Católica, el entusiasmo y la convicción del Padre Meinvielle de crear una sociedad «tomista» y «argentina»" (Mons. Gustavo Ponferrada). El 7 de marzo de 1958, en una reunión del Episcopado Argentino convocada para celebrar la festividad de Santo Tomás de Aquino, se decidió por fin la fundación de la Universidad Católica Argentina, bajo la advocación de Santa María de los Buenos Aires. A la Universidad Católica Argentina dedicó Derisi sus mejores esfuerzos. Incorporó la revista Sapientia como órgano oficial de la Facultad de Filosofía de la UCA, institución que desde 1960 logró el reconocimiento de Pontificia.

En 1972 incorporó a la UCA los Cursos de Cultura Católica. En 1979 se organizó bajo su dirección el Primer Congreso Mundial de Filosofía Cristiana, que tuvo lugar en Embalse (Provincia de Córdoba, Argentina) en la celebración del centenario de la Encíclica Aeterni Patris de León XIII.

En el homenaje que se le hizo el 2 de diciembre de 1980 se leyó una afectuosa carta del Papa Juan Pablo II. Al año siguiente, el Papa lo designó Asistente al Solio Pontificio, y a fines de ese año 1981, consultor de la Sagrada Congregación para la Educación Católica. En 1984 se retiró como obispo auxiliar de La Plata y fue nombrado Arzobispo titular de Raso «ad personam» (distinción personal sin ejercicio de cargo eclesiástico). La UCA le nombró su Rector Emérito el 20 de noviembre de 1992.

En su fecunda vida intelectual escribió más 40 libros y casi 600 artículos, y publicó sus obras en innumerables revistas filosóficas. Sin embargo nunca dejó los oficios propios del sacerdote: celebrar misa, confesar y el rezo del Santo Rosario. Su curriculum llenaría varias páginas: tiene 7 doctorados, 4 de ellos honoris causa, miembro de 7 academias entre ellas la Pontificia Academia de Santo Tomás. Se destacó como intelectual, hombre de empresa y hombre de oración, modelos muy difíciles de hallar aún por separado.

Mons. Octavio Derisi falleció en Buenos Aires el martes 22 de octubre de 2002, a los 95 años de edad. Sus restos fueron velados en la capilla del rectorado de la Universidad Católica Argentina (Puerto Madero, Buenos Aires) y el sábado 26 de octubre fueron sepultados en el altar del Santísimo Sacramento de la catedral de La Plata.

EL PRESENTE ESCRITO

En esta recensión, publicada en Sapientia n. 119, Vol. XXXI (1976), La Plata (Bs As), p. 62-65, Mons. Derisi presenta la obra de García de Haro y De Celaya, llamada "La Moral Cristiana". Expone las líneas fundamentales de la teología moral, según el fundamento de la Revelación y del orden natural.

Escrita para refutar los errores de su época, hoy cobra más vigencia que nunca, dada la moral de situación, propagada por Marciano Vidal, el mismo que es citado por Mons. Derisi, donde se niega la existencia de objetos morales siempre y por siempre malos, tal como lo enseñaron, entre otros, los Papas San Pío X, Pío XII y Juan Pablo II. El fin jamás justifica los medios. Jamás estará justificada la violación de ninguno de los mandamientos de la Ley de Dios, que responden a la ley natural, inscrita por Dios en el alma de cada ser humano. La tergiversación de estos principios se deben exclusivamente a la influencia de la filosofía moderna (en especial, del kantismo) contra los datos claros y evidentes de la Revelación. Por esta razón, no se puede "reescribir" ni reinterpretar, ni la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II, ni la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, ni ninguno otro documento referido a la vida moral de la Iglesia.

Nunca más actual, entonces, este escrito, que recuerda lo que siempre ha enseñado la santa Iglesia Católica. Por eso los mártires eran capaces de morir antes que inciensar una imagen del emperador, como recuerda Juan Pablo II en su Encíclica Veritatis Splendor. También hoy nosotros, imitándolos, debemos estar dispuestos a ello, porque, en definitiva, morir por la verdad, es hacerlo por el que es la Verdad, Cristo, que en su momento supremo dijo a Pilato que el que es de la verdad escucha su voz.

 

LA NUEVA MORAL[1]

Por Mons. Dr. Octavio N. Derisi

La obra que aquí se analizará consta de un prólogo y tres capítulos: 1) Otra Moral Nueva, 2) La Perenne Novedad de la Moral Cristiana y 3) Doctrina y Vida. El primero expone con amplitud y precisión los pasos y desarrollo de la nueva moral, que pretende actualmente introducirse en la Iglesia. Frente a ella, el segundo capítulo presenta las líneas esenciales que configuran la moral cristiana. Y el tercero extrae las consecuencias que para la vida acarrean una y otra moral.

En el primer capítulo, los autores de la obra han logrado presentar, a la luz de los textos de los propios teólogos, con gran objetividad y claridad, los fundamentos, el desarrollo y el espíritu, así como también las consecuencias, de esta nueva moral cristiana.

Fuchs, Haring, Valsecchi, Vidal García, Girardi, Chenu, Schillebeeckx y otros son los protagonistas de esta nueva moral, que se pretende introducir en la Iglesia como una renovación del Evangelio.

Esta nueva moral, en su esencia radical no se formula en preceptos, es más bien un compromiso total de la persona. Sus creadores distinguen entre una actitud trascendental, una mentalidad que transformaría totalmente la vida y que sería el real aporte del cristianismo a la moral; y una formulación de preceptos, a que aquélla conduce y anima con su espíritu. Se trata —como bien notan los autores de este libro y como su mismo nombre lo indica— de un retorno al formalismo trascendental moral kantiano, en el cual la ley no tiene contenido, sino que informa y da vigencia a las máximas o normas.

Por otra parte, esta nueva moral pretende hacer del hombre no sólo un ser histórico, sino un ser inmerso y diluido totalmente en el fluir de la historia, sin esencia humana propiamente tal y mucho menos inmutable. En rigor, no hay una naturaleza humana propiamente dicha, constituida por notas esenciales y permanentes. Por eso, el hombre no es siempre y esencialmente el mismo, sino que cambia y asume diversas formas a través de las circunstancias y situaciones del acontecer del tiempo y de la cultura.

La influencia del existencialismo actual es evidente. Recuérdese la frase de los existencialistas: "El hombre no es, se hace".

Si no hay naturaleza humana, tampoco hay una ley o moral natural, inmutable, una moral exigida por una naturaleza humana que realmente no existe. Sobre el particular quiero recordar el vigoroso estudio que ha realizado el eminente filósofo y teólogo que es el Padre Cornelio Fabro. De aquí que sólo haya un pluralismo moral, consiguiente al pluralismo de la naturaleza humana en sus variantes en la historia. Por eso también los preceptos morales pueden ser válidos para una época o cultura y no para otras, según que estén o no exigidos por el espíritu o aptitud trascendental cristiana. Como se ve, se trata de un retorno al historicismo o relativismo moral, en cuanto a los preceptos, por más que se evite ese nombre. Esto explica la actitud de algunos teólogos o de sus epígonos, que afirman que la indisolubilidad del matrimonio pudo ser válida en otra época y contorno cultural, pero no ahora, que ha variado el hombre; y que el acto sexual en sí mismo, fuera del matrimonio, y aún la misma masturbación, consideradas en otras épocas como pecado, puedan no serlo hoy, y aún puedan asumir el gesto de una apertura al otro. Otro tanto se afirma del aborto y otras cuestiones de actualidad.

Se ve ahora cuál sea el sentido de esta nueva moral: es una entrega total de la persona, es un espíritu, que puede encarnarse en diversas formulaciones normativas y no está sujeto a ninguna de ellas, y las asume de acuerdo a los cambios de la naturaleza humana en el tiempo. Esa moral está por encima de toda norma —como en Kant la ley está por encima de la máxima— y, por eso, puede encarnarse en nuevas normas morales, dejando como obsoletas otras que fueron válidas antes. Los mismos preceptos de Cristo son válidos para su época y situación moral; pero no lo son necesariamente para siempre y para cualquier tiempo.

En síntesis, esta nueva moral es un compromiso o inserción de la persona en el tiempo, es una forma vacía de contenido, cuya materia o preceptos pueden variar: unos pueden perder vigencia y otros asumirla, de acuerdo a las transformaciones que sufre el hombre en su devenir histórico. Dilthey, con su historicismo, está redivivo en esta afirmación. Con ello se niega una moral natural con normas y preceptos permanentes y válidos para todos los hombres de todos los tiempos y situaciones culturales, precisamente porque se ha destruido su fundamento que es la esencia o naturaleza humana. Una vez más lo esencial de esta nueva moral es lo formal, su espíritu, y en manera alguna su contenido de preceptos.

Los autores de la obra advierten que esta moral implica un retorno a la inmanencia del modernismo, condenado por Pío X. Ha desaparecido Dios como último Fin trascendente al hombre. Consecuencia lógica, por lo demás, desde que se ha perdido la esencia o naturaleza humana, la cual ha sido hecha por Dios y ordenada por El en todo su dinamismo hacia ese Fin. La naturaleza humana inmutable —terminus a quo— y Dios —terminus ad quem de la moral— han sido suprimidos en esta nueva ética, y la moral natural ha desaparecido. La nueva moral se centra ahora, no en Dios, último Fin y Razón suprema del hombre, sino en el hombre mismo. Es antropocéntrica y, como tal inmanentista. El hombre es quien asume su responsabilidad histórica, sin imposiciones de una ley, que se funda en el Fin o Bien trascendente divino.

Mucho más aún, en esta nueva moral, está ausente la gracia, la vida y los auxilios sobrenaturales, que insertados en el alma y en la vida espiritual de la inteligencia y de la voluntad, configuran la moral cristiana sobre el fundamento del Fin supremo y divino del hombre. Al inmanentismo modernista, que diluye la moral natural, se añade un horizontalismo naturalista, que destruye los fundamentos de la moral sobrenatural cristiana.

En síntesis, esta nueva moral con pretensiones de cristiana o evangélica, destruye, por una parte, los fundamentos de la moral natural y, por otra, vacía a la moral cristiana del contenido sobrenatural; y conduce, consecuentemente, a un inmanentismo naturalista y relativista moral.

El segundo capítulo encierra una síntesis clara y fundada de la moral cristiana. El trabajo se basa primordialmente en la doctrina de Santo Tomás, cuyos pasajes principales están citados y aun transcriptos en sus textos latinos, en las notas. La moral cristiana, lejos de destruir, salva y consolida la moral natural, tanto en su aprehensión intelectiva de las normas, como en el cumplimiento de las mismas por parte de la voluntad libre.

Como la gracia supone la naturaleza, también la moral cristiana supone la moral natural. Sin ésta, no es posible aquélla. De ahí el cuidado con que el cristianismo la restaura y defiende. Esa moral natural es ensanchada y profundizada por la moral cristiana, con sus propios preceptos y con sus normas supremas de vida y con sus consejos evangélicos.

Tanto en el plano natural como en el sobrenatural, la moral se funda en el último Fin trascendente del hombre, que es Dios, Bien infinito —conocido por la razón y por la fe, en uno u otro plano, terminus ad quem— y se establece como un recorrido de perfeccionamiento desde el hombre o hijo de Dios —terminus a quo, del orden natural o sobrenatural, respectivamente— hasta la posesión plena, natural o sobrenatural de aquel último Fin o Bien, después de la muerte. Hombre e hijo de Dios, integralmente unidos en el cristiano, se perfeccionan hasta su término, durante su vida terrena, por la actividad moral recta, es decir, por la sumisión de la voluntad libre a las exigencias ontológicas de aquel último Fin o Bien divino sobre la naturaleza humana enriquecida por la gracia, aprehendidas y manifestadas por la inteligencia como normas morales cristianas.

Los autores del libro señalan los medios del enriquecimiento de esta vida sobrenatural cristiana: la lucha ascética, las virtudes, los sacramentos y la oración. Bajo la actividad moral cristianamente recta el hombre se acrecienta no sólo sobrenaturalmente o como hijo de Dios, sino también naturalmente como hombre. Este capítulo termina asentando con Santo Tomás la supremacía de la contemplación sobre la acción en la vida moral y la inserción del tiempo en la eternidad, que esta actividad ética implica.

La cultura o perfeccionamiento de las cosas y del propio hombre, por la acción espiritual de la inteligencia y de la voluntad, en el cristianismo se enriquece con una dimensión divina de hijo de Dios que, lejos de impedir, asegura más ampliamente y profundiza los valores humanos de aquélla.

El último capítulo extrae las consecuencias prácticas de una y otra moral; de esta nueva, y de la auténtica moral cristiana. Se comienza por poner en claro las endebles "bases intelectuales" de la nueva moral, que se funda en la inmanencia de la filosofía actual —kantismo y existencialismo— con la consiguiente pérdida no sólo del orden natural, sino también de la Revelación, del Magisterio y de todo el orden sobrenatural.

Perdido el sentido sobrenatural de la vida y su alegría en la asunción plena de la misma, el hombre actual, agobiado bajo el peso y temor servil de los preceptos, con bellas palabras de "compromiso", de "liberación", etc., opta por una moral "liberadora", que relativiza toda norma y precepto, con las consecuencias de un hedonismo, sensualismo, sexualidad, y egoísmo sin frenos, que van a dar al odio, la violencia, y el caos moral y humano.

Frente a ella, la auténtica moral cristiana conforma una admirable armonía y unidad de vida entre lo que se cree y se practica, y pone en camino al hombre —por eso, homo viator— no sólo hacia la plenitud de su vida divina, sino también de su perfección humana, a la vez que lo llena de satisfacción y alegría con el descubrimiento del sentido de su vida en el tiempo y en la eternidad y con la asunción de las responsabilidades que esa vida impone amorosamente.

La obra está elaborada con orden y bien escrita. Es de fácil lectura y asimilación. Las afirmaciones están corroboradas por abundantes notas, en que se citan y muchas veces se transcriben, los textos de los autores citados.

La parte doctrinal se funda en la doctrina de la Iglesia, principalmente a través de Santo Tomás, y la doctrina nutre el pensamiento de los autores a través de todo su desarrollo.

Esta obra responde a una verdadera necesidad de esclarecimiento de la auténtica moral cristiana, frente a las pretensiones de ciertos teólogos que, con la asunción consciente o inconsciente de las posiciones inmanentistas e historicistas de la filosofía actual, desnaturalizan y hasta destruyen su sentido trascendente y sobrenatural y la sumergen en un formalismo destructor de toda la vida natural y sobrenatural.

Por eso, dentro de esta obra que ofrece una síntesis bien fundada de la moral cristiana, juzgamos que el primer capítulo, de exposición crítica de las tendencias de la nueva moral, formuladas por algunos teólogos de hoy, es el más oportuno para nuestro tiempo y a la vez el mejor logrado por sus autores.

Recomendamos vivamente la lectura de este libro a cuantos quieren esclarecer sus ideas frente a la confusión reinante, que en no pocos círculos han engendrado estos teólogos con su nueva moral.

El libro ha sido bellamente editado por Rialp de Madrid.

Padre Jorge Luis Hidalgo

Cf. Sapientia n. 119, Vol. XXXI (1976), La Plata (Bs As), p. 62-65.

[1] R. GARCIA DE HARO Y DE CELAYA, La Moral Cristiana, Rialp, Madrid, 1975, 267 pp.

Nacimiento: 13 de mayo de 1982, en Buenos Aires. Estudios primarios y secundarios en Ingeniero Luiggi, La Pampa, diócesis de Santa Rosa. Estudié en el seminario San Miguel Arcángel, en la diócesis de San Luis. Ordenación sacerdotal: 20 de marzo de 2009. He sido destinado, luego de finalizar el seminario, a la parroquia Santa Teresita, de Realicó, en el año 2007, antes de ser diácono. Desde el año 2008 hasta marzo de 2011 estuve en la parroquia Nuestra Señora de Luján, en Catriló. Desde el 20 de junio de 2012 estoy en la Parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en el barrio Butaló, de Santa Rosa.