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mardi 21 mars 2017

The Wanderer: Coincidentia oppositorum

The Wanderer: Coincidentia oppositorum

Coincidentia oppositorum

La última semana se originó en el blog una interesante discusión acerca de las traducciones de la misa y de la lengua litúrgica en general. Aunque la pregunta sobre por qué la misa debe ser celebrada en una lengua sagrada -en nuestro caso, el latín- es legítima, no podemos responderla en este blog. Diría que se trata de una cuestión básica y ya resuelta para la mayoría de los lectores. Quienes deseen leer más sobre el tema, la bibliografía existente es enorme. Desde autores que lo estudian como un fenómeno propio de todas las religiones, como Mircea Eliade por ejemplo, hasta los que lo enfocan en el caso específico del cristianismo latino. De modo particular, recomiendo el libro actual de un especialista en el tema, el P. Michael Lang, The Voice of the Church at Prayer. Reflections on Liturgy and Language (Ignatius Press, San Francisco, 2012). 

Pero en esta ocasión quiero detenerme en un curioso fenómeno que ya he señalado en otras ocasiones: la "coincidencia de los opuestos", casi un eco de la coincidentia oppositorum de Nicolás de Cusa. En el fondo, progresistas y ultramontanos tienen un concepto erróneo de la liturgia en general, y de la Santa Misa en particular que, quiéranlo o no, incide en la cuestión de la lengua sagrada.

Para los progresistas -modernistas del siglo XX-, la liturgia y la misa no son más que ocasiones para el encuentro de la "comunidad" presidida por el sacerdote. Y esta es, sin duda, la opinión ampliamente mayoritaria del clero católico latino actual, incluido el mismo Papa Francisco. Basta escuchar lo que dice el cura de turno al inicio de las misas novus ordo: un saludo a su "comunidad" como el que daría cualquier animador de club de barrio; basta escuchar la catarata de pavadas e inconsistencia que largan los "guías" de la misa -oficio inútil si los hay- a lo largo de todo la celebración. La misa, en definitiva, es una reunión de amigos en torno a la "mesa de la Palabra y de la Eucaristía", en la que se refuerzan los lazos de hermandad en el nombre de Cristo. Si, efectivamente, la misa es eso, entonces es perfectamente lógico que se celebre no solamente en lengua vulgar, sino en la lengua de la calle, la que hablan los integrantes de esa comunidad corrientemente. ¿Qué sentido tendría, en el caso de Argentina, hablar de "tú" o de "vosotros"? Como dijo un comentarista, seríamos imitadores de los españoles. La sola posibilidad de utilizar el latín según esta visión es completamente irracional. No tiene el menor sentido. ¿Por qué motivo, en una reunión fraterna, se va a utilizar una lengua que nadie entiende, ni siquiera el cura?

Para los ultramontanos -modernistas del siglo XIX-, la liturgia no es más que la Misa, y la Misa no es más que la consagración de las sagradas especies. Con eso estamos hecho. Es suficiente con que el sacerdote pronuncie las palabras sagradas, o mágicas, para que nos quedemos tranquilos. El resto es pura añadidura. El "sacrificio" ya está hecho. La Misa, en última instancia, termina siendo el proceso de fabricación de la eucaristía. Nada más. Y no exagero. Fácilmente puede encontrarse esta opinión desplegada en la literatura de los modernistas del siglo XIX. La cuestión es que, si la cosa es así, no tendría demasiada importancia decir las pocas palabras de la consagración en una lengua o en otra. Si en el fondo se trata solamente de confeccionar la eucaristía, ¿qué importancia puede tener el lenguaje en el que se la confecciona? Cristo las dijo en arameo; San Pablo en griego; San Pío V en latín, y bien podría decirlas cualquier cura actual en español o en francés. No cambiaría nada.

En ambos casos, como decía, subyace una concepción de la liturgia que no es la concepción católica  tradicional. La liturgia es epifanía, es decir, la sacralización glorificadora de este mundo fugaz por parte de las potencias gloriosas y divinas. Para los católicos, la liturgia no es un deber más, como lo puede ser rezar el rosario o bendecir la mesa. La liturgia es el hecho central de su vida como cristianos o bien, es la expresión suprema de su vida en Dios. ¿Por qué motivo Dios se reveló a los hombres? Para hacernos capax Dei, es decir, para deificarnos, para elevarnos a la dignidad de hijos suyos, y es la liturgia el campo privilegiado donde se produce ese encuentro entre el Dios que se abaja y el hombre que es aupado. Dicho de otro modo, es el lugar de la teofanía, de la manifestación de Dios y de su gloria, mundo al cual el hombre es introducido y participa, de ese modo, del misterio de la Redención.

Esto que digo no es ninguna novedad. No es más que lo que siempre afirmó la Tradición de la Iglesia, desde los Padres, a Santo Tomás de Aquino. Dionisio Areopagita, que para el Aquinate tiene una autoridad similar a la de San Agustín, lo dice en varias partes de su obra, en especial en la Teología mística: la liturgia es uno de los modos más excelsos que tiene Dios de revelarse al hombre. Es decir, por la liturgia y en la liturgia, nos acercamos al conocimiento de Dios, como nos acercamos también por la lectura de su Palabra.

San Juan Crisóstomo, Doctor de la Iglesia y autor de la Divina Liturgia bizantina, escribe: "Ved: el Señor reposa sobre el altar como víctima; el sacerdote se sumerge de una ardiente plegaria y se consagra, con todas las fuerzas de su alma, al sacrificio; la Sangre preciosa del Cordero del sacrificio penetra e ilumina a todos los que asisten. ¿Y todavía crees encontrarte en la tierra, viviendo entre los humanos? ¡No!, eres arrebatado: rechazado el orden terrestre, resides en el cielo y contemplas el misterio celestial de la teofanía". (Muchos curitas que entienden la Misa como una mera "asamblea de la comunidad cristiana" deberían leer al Crisóstomo....)

En la Edad Media occidental, casi todos los comentadores de los oficios litúrgicos tuvieron una visión simbólica de la liturgia. En primer lugar, Amalario de Metz (827), en De officio Missae y, luego, Juan Beleth (1132) en la Summa de ecclesiasticis officiis, Prevostino de Cremona (1210), Summa de officiis; Sicardo de Cremona (1215), Mitrale seu de officiis ecclesiasticis summa; Lotario de Segni, luego Papa Inocencio III (1216), De altaris mysterio y, sobre todo, Guillermo Durando (1296) con el conocido Rationale divinorum officiorum

Santo Tomás de Aquino, en la cuestión 83 de la Tertia pars de la Suma de teología, trata el tema. Afirma que "en este sacramento está comprendido todo el misterio de nuestra salvación". La lectura de todo el artículo 4 de esa cuestión revela que, pare el Angélico, toda la misa está orientada y forma parte de la celebración del mysterium fidei, y no solamente las palabras consecratorias. Más aún, como observa Lang, Santo Tomás comenta como versión "normal" de la misa la misa solemne, es decir, en la que intervienen tres ministros sagrados (sacerdote, diácono y subdiácono), además de los ministros menores. Y, por eso mismo, la función propia del diácono y del subdiácono que es la proclamación de la Palabra de Dios reviste un carácter no solamente catequético, como hoy se pretende, sino latréutico: es parte del acto de culto de la alabanza al Santo de los Santos que se hace presente en todo el acto litúrgico.

En conclusión, si la Santa Misa es mucho más que la pronunciación de la fórmula de la consagración; si es mucho más que un encuentro fraternal y, si en efecto es, un reflejo, opacado si se quiere, pero reflejo al fin de la liturgia celestial que celebran los serafines y querubines delante del trono de Dios, y si es el lugar y momento del encuentro de nosotros los hombres con la Divinidad que desciende y se muestra entre velos, entonces, la lengua, y cada palabra que se diga en la celebración de este mysterium cuenta, y no puede quedar librada a la voluntad del celebrante, y no puede quedar librada tampoco al vaivén de los tiempos y de los caprichos propio de las lenguas vulgares.