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mercredi 15 mars 2017

The Wanderer: Lenguaje y vulgaridad

The Wanderer: Lenguaje y vulgaridad

Lenguaje y vulgaridad

Para continuar con la triste conmemoración de la Semana Internacional de la Vulgaridad, quiero traer aquí a colación un par de recuerdos. El primero de hace pocos años cuando, a instancias de Jorge Mario Bergoglio, cardenal arzobispo de Buenos Aires, se realizó una nueva edición del misal romano para el uso en Argentina, en el cual se eliminaba el "vosotros", que era reemplazado por el "ustedes", y se cambiaban las expresiones relacionadas, notablemente la fórmula de la consagración que ya no sería "Tomad y comed...", sino "Tomen y coman...". El objetivo era vulgarizar el lenguaje litúrgico y era, por cierto, el primer paso de la avalancha. Luego aparecería una nueva traducción del Evangelio en la que el Señor diría: "Che Zaqueo, bajate del árbol", o "A ver ustedes demonios, rajen de este hombre ya mismo". 

No le fue fácil al cardenal lograr que Roma aprobara su vulgarización, y los oficiales de la Curia del Papa Benedicto le arrancaron varias rabietas. Eran muy duros en sus reglas, se quejaba el cardenal Bergoglio. Es por eso que, como nos enteramos hace pocas semanas, elevado al solio petrino, ha nombrado una comisión encargada de ablandar estas cuestiones. 

Al respecto, un amigo me pasó un texto muy interesante del poeta Francisco Luis Bernárdez, alarmado por lo que veía que estaba sucediendo en la liturgia en 1968. El segundo recuerdo del día de hoy:

El idioma litúrgico

por  Francisco Luis Bernárdez

Para La Nación

Buenos Aires, 19 de enero de 1968


En "El idioma espectral" me referí hace poco a la inclinación abstractizante que se observa en nuestra habla corriente y que llega a lo francamente alarmante en el abuso de palabras como problema y ubicar. Lo hice para recoger una amistosa alusión de Arturo Capdevilla en "Consultorio gramatical de urgencia", libro donde también se puede leer algo concerniente a mi preocupación por las responsabilidades que crea la reciente castellanización de la liturgia católica. "Es injuriar gratuitamente a nuestro inteligentísimo pueblo creerle inepto para las formas nobles del idioma, como está sucediendo ahora mismo por parte de algunas dignidades ecclesiásticas, como lo hacía notar el poeta ya nombrado, con motivo de la castellanización de la misa, en que con muy mal fundado espíritu demagógico se están rebajando en ello, por igual, la teología y el idioma, como verbigracia con la sustitución del  pronombre vosotros por el de ustedes. ¡Como si Dios pudiera hablar de usted al hombre!". 

La verdad es que no sólo aquí he comprobado a veces la anomalía de la susodicha sustitución, dicta da quizás no por tal cual afán demagógico sino por el deseo de allanar los textos litúrgicos a la comprensión popular, quienes incurren en ese error (sin duda con la mejor buena fe) deberían tener presente que, aunque en el habla común los pronombres suelen aquí emplearse deliberadamente mal, nuestra escuela ha enseñado siempre a utilizarlos correctamente; y que a nadie por lego que sea puede sonarle extrañamente el vosotros del buen castellano. 

Me parece peligroso cualquier desliz demasiado decidido hacia el lenguaje convencional en materia de versiones como la de textos que, por su índole sagrada, conviene mantener en todo instante a la altura de su connatural majestad, por encima del idioma cotidiano y ennoblecidos por el hieratismo más puro. 

Proceder de otro modo es exponerse a que mañana se pase no ya del vosotros al ustedes, sino del tú al vos. Con lo cual la palabra de Dios sería rebajada del sermo vulgaris al sermo plebeius, y lo que es drama (drama sustancial) a una especie de sainete casi sacrílego.

El castellano ha entrado en la liturgia. 

Y esto, que en sí mismo constituye un hecho trascendental, porque da mayor participación al pueblo en los bienes mejores de la Iglesia no ha logrado ser todo lo que está llamado a ser. Quizás porque la entrada en cuestión no fue guiada por quienes se hallaban en condiciones de guiar. La lógica hubiera sido que la castellanización se efectuase bajo la directa vigilancia de un cuerpo de expertos en el que, junto al escriturista, no faltara el filólogo, ni tampoco (por cierto) el  escritor que, en última instancia, es quien posee el sentido más vivo y militante de la palabra. 

Pero todo parece indicar que hasta ahora no ha sido así. Y digo hasta ahora porque en el reciente Congreso de Academias de la Lengua Española en el que nuestra Academia Argentina de Letra estuvo representada por Manuel Mujica Lainez y Angel J. Battistessa, se consideró una moción que propiciaba la creación de una junta a cuyo cargo estaría el encontrar la solución correcta al problema. Si no estoy mal informado, la junta así proyectada en la asamblea de Quito será integrada por miembros representativos de toda el área hispanohablante, quienes estudiarán el modo de dar en castellano un texto único de la misa y de algunos oficios, un texto que sea válido para España e Hispanoamérica y que, por lo tanto, ponga fin a la confusión existente ahora a este respecto. 

El criterio de unidad vigente durante siglos por el uso litúrgico de una lengua que como la latina era y es fija y universal sufre desmedro evidente con la proliferación de versiones distintas en castellano sobre todo en nuestro continente, donde cada país (o poco menos) usa la suya. 

Lo razonable es encontrar cuanto antes una coincidencia que, facilitando el indispensable texto unitario, responda al espíritu de ecumenidad que anima al Concilio Vaticano, e interprete adecuadamente todo lo que éste tuvo en cuenta al disponer la traducción de la liturgia latina a las diversas lenguas de los hombres. Por lo que se refiere al mundo hispánico, posiblemente baste con llevar a la práctica la fórmula propuesta en la reunión académica realizada hace unos meses en la capital ecuatoriana.

Leon Bloy se lamentó un día de la progresiva secularización del arte, fenómeno que, iniciado con la Reforma pareció detenerse en el Renacimiento, pero no dejó de crecer y desarrollarse desde el siglo XVIII. Los verdaderos pintores, escultores, arquitectos y músicos se alejaron de de los temas sacros. Los artistas de la palabra también. Y las iglesias empezaron a ser más frías y más feas. Y los elementos del culto perdieron su nobleza artística y artesanal de las grandes épocas. 

Apareció el abominable arte Saint Suplice. El seudo arte de las santerías, el piadosismo de las horrendas imágenes industriales. Y entonces sí que resultó clara (según el autor de "La femme pauvre") la humildad del Redentor al querer nacer en un establo. Porque algo por el estilo eran y son también los lugares donde Dios vuelve a nosotros transustancialmente en las misas de cada día. 

Mientras no se produce el ansiado retorno de los  hijos artistas, es necesario velar de alguna manera por el decoro y la dignidad de la Casa del Padre. Y, sobre todo, evitar que los intrusos se les adelanten y hagan sus veces. 

Impedir que traduzcan en vulgaridad, que pinten y esculpan la inspiración, que construyan sin belleza. Y que en los templos se nos obligue a escuchar canciones anodinas (cuando no decididamente ramplonas) no sólo por su música sino también por sus usos. 

Para Dios ha de estar destinado lo mejor del hombre, que es su imagen. 

En la vida, en el arte, en todo lo ha la mano, lo más excelente debe ser concedido a la Providencia. 

Así fue siempre. 

Lo atestiguan las maravillosas catedrales, los grandes poemas, las inmortales pinturas, las nobles estatuas que (como en el verso famoso) han sobrevivido a la Ciudad. 

Con los ojos y el corazón atentos a tan aleccionadores dechados, tengamos cautela al poner nuestras fugaces manos en las piedras, en el mármol y en las telas destinadas de algún modo al culto; seamos prudentes con que pretendamos vestirlo; y actuemos con seriedad y delicadeza siempre que nos propongamos trasladar a idiomas en constante evolución o descomposición, como son los nuestros, lo que en el latín oficial y universal de la Iglesia Católica Apostólica Romana pone con una fijeza que refleja la de la inmutable Verdad.