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samedi 24 juin 2017

La tentación siempre es la misma

La tentación siempre es la misma

La tentación siempre es la misma

Queridos hermanos, la tentación del hombre es siempre la misma, no es la tentación de disimular, de no creer que no somos de barro, no, es la tentación de la soberbia, es la tentación de querer ser como dioses. Es la tentación de no cumplir la Ley de Dios y poner una ley humana como alternativa. Esta es la gran tentación que siempre ha acompañado da hombre, la de emanciparse de Dios, es la soberbia que llevó a  la perdición eterna a los ángeles caídos. La tentación de la soberbia, que opuesta a la humildad, que nada sabe del temor de Dios, se alza frente a Dios diciéndole: Tu ley es pesada; yo, hombre, promulgaré otra en su lugar. Tu ley es una carga insufrible que no queremos seguir, no creemos en ella, ni en las consecuencias de no seguirla.

Es la tentación que se repite en la historia. La Iglesia bien conoce esta tentación y bien la ha combatido contra los herejes y sus herejías, contra quienes ejerciendo el poder civil pretendían subyugar la autoridad eclesiástica. Más en esta época histórica en que vivimos se ha acentuado esta tentación de la soberbia, no conocida con la virulencia con que se manifiesta hoy,  donde el hombre se rebela contra la Palabra divina, donde quiere ejercer su derecho de decidir sobre su propia vida aun a costa de la verdad de Dios y sus preceptos, pues ya no es el fin último el que dirige la vida del hombre sino el fin próximo.

¿Qué tentación observamos en la Iglesia hoy día? ¿No es la tentación de la soberbia? ¿No se cuestiona la Palabra de Dios? ¿No se incumplen sus divinos preceptos? ¿Qué es la verdadera hipocresía sino  hablar de Dios y no cumplir sus mandamientos? ¿No es hablar de Dios y no de sus preceptos? Hablar de Dios, de un Dios hecho a la medida de nuestra debilidad. La tentación del hombre pecador, que no se reconoce como tal ante Dios, es la tentación de crear una moral alejada de la Palabra de Dios, una moral que se sostiene sobre  los deseos del corazón del  hombre, sin injerencia de la voluntad divina, de los mandatos de Dios.

La debilidad del hombre se pone de manifiesto cuando éste se somete totalmente a los preceptos divinos, cuando anulando todo su ser se hace uno con la voluntad Dios, no escatimando sufrimientos, penalidades, cruces, y entonces es fuerte porque ya  no es él quien decide en su vida sino el Señor en él; es el Espíritu Santo quien guía los pasos del hombre, y éste, humilde y sumiso, a los mandatos de Dios se hace dócil a Aquel.

Sólo hay una forma de ser verdaderamente felices, llevando la cruz de cada día y acompañando al Señor con la suya. Esta felicidad no la entiende el hombre soberbio, que busca la felicidad en lo material y no escatima  someter la ley de Dios a sus comodidades y apetencias. Sólo se puede ser verdaderamente feliz en el sufrimiento del seguimiento  de Cristo, es el sufrimiento por dejar atrás el pecado, que es el sufrimiento del desprendimiento de sentimientos muy arraigados en el alma, pero no del agrado de Dios por estar en oposición a su voluntad divina.

Observamos en la Iglesia el crecimiento de esta soberbia más y más sin que nadie advierta y alerte de ella. En nombre de Dios se desobedecen sus propios mandamientos, se desoyen sus preceptos; se avanza, como si dijéramos, en dirección opuesta a la Ley divina. Esa es la dirección que toma la soberbia. Bien podemos decir que se está tomando el nombre de Dios en vano, pues así tiene lugar cuando al tiempo que se hace referencia al amor de Dios, al mismo tiempo se desoye sus mandatos, desligándolos de la misericordia divina. La tentación siempre del corazón del hombre: acomodarse al mundo y al mismo tiempo no prescindir de Dios. La consecuencia es siempre, y reiteradamente, la misma: el olvido de Dios, y el desprecio a sus preceptos. El orgullo que aplastando a la humildad y desterrando del alma el temor de Dios, se encara con Dios y le dice: Tu Ley no la quiero sino me permite hacer lo que quiero. Quiero seguir con mi vida, quiero seguir queriendo a los que quiero, quiero seguir disfrutando como lo hago, no quiero renunciar a nada.

No se puede seguir a Cristo sin cumplir sus mandamientos, sin renuncia, sacrificio y sufrimiento. Tanto hoy como en el tiempo de los Apóstoles, el seguimiento del Señor es el mismo: cumplir sus mandamientos porque así demostramos que le amamos, así demostramos que estamos guiados por el Espíritu de verdad, que transmite lo que ha oído al Hijo que pertenece al Padre.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.