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mercredi 14 juin 2017

Los beneficios del uso del cilicio

Los beneficios del uso del cilicio

Los beneficios del uso del cilicio

Queridos hermanos, la canonización de santos niños Francisco y Jacinta debe motivarnos a profundizar en sus cortas vidas de piedad. Vidas verdaderamente ejemplares de oración, sacrificio y penitencia. Entre sus penitencias estaba el uso del cilicio, es decir sentir el dolor físico en el cuerpo. Muchos se horrorizan de tal penitencia, creen que pertenece a una época de la Iglesia ya muy lejana, una práctica incompatible con los tiempos actuales, con la nueva Iglesia posconciliar, abierta al mundo, a ese mundo que rechaza, y hasta penaliza, cualquier forma de penitencia personal y corporal. Ven en la penitencia corporal el retorno a épocas pasadas que ya no pueden volver, y que hay que evitar que vuelvan; los enemigos feroces del sacrificio y penitencia actúan con firmeza para desterrar cualquier práctica ascética que implique penitencias corporales, y también de otra índole.

La penitencia corporal ha formado siempre parte de la vida de santidad de la Iglesia, de la vida de piedad, de la vida de sacrificio, de la vida de reparación y satisfacción por nuestros pecados y por las ofensas inferidas al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María. Muy bien lo entendieron Francisco y Jacinta a pesar de su corta edad. Sus vidas fueron ejemplo de vidas reparadoras por las grandes ofensas de los pecados a Dios, y por la salvación de los pecadores.

La penitencia corporal es buena, santa, querida  por Dios, inspirada por el  Espíritu Santo y agradable al Redentor, verdadero varón de dolores, que nos ha precedido en el dolor y sufrimientos por los pecadores. Así lo ha entendido la Iglesia desde sus inicios, los santos padres, los padres del desierto, los santos penitentes, y tantos y tantos santos que han visto en la penitencia corporal un gran medio de unión con los sufrimientos de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, y un instrumento eficacísimo para dominar la carne y sus inclinaciones pecaminosas, y a su vez para doblegar el amor propio permitiendo el imperio de la humildad.

¡Qué gran misterio de amor, y de la justicia de Dios, Jacinta con siete años usando su cilicio en su frágil cuerpo, y tantas niñas como ella divirtiéndose  y jugando con sus juguetes! Pero no solamente las demás niñas jugando, sino los mayores divirtiéndose, y qué decir de los mismos sacerdotes. Una niña de siete años sufriendo voluntariamente, sin ser obligada, porque así lo deseaba fervientemente, y tanto otros, mayores y sacerdotes, huyendo del más mínimo dolor corporal, buscando por el contrario la insaciable satisfacción del placer de la comodidad y la satisfacción de los sentidos. Cómo no iban a ser santos Francisco y Jacinta, cuando sus vidas fueron verdadero holocausto a Dios, fueron hostias agradables a Dios, fueron vidas inmoladas por amor a Dios a favor de los pecadores, entre éstos  muchos que han despreciado y desprecian sus cortas vidas, o al menos que no las consideran imitables en absoluto; que ni siquiera hablan de ellas porque les incomoda sobremanera sus ejemplares vidas de penitencia.

El cilicio, dulce corona de amor, como decía un alma penitente, escondida del mundo y entregada al servicio de Dios y de su Iglesia. Pues así es, dulce corona de amor, por que nos une al dolor redentor, salvífico, y amoroso de nuestro Señor Jesucristo. Por supuesto que es del agrado del Señor, sin la más mínima duda. El cilicio nos acerca a Él con el dulce dolor. Grandísima ayuda es el cilicio para la humildad. La presencia del dolor físico nos hace en todo momento recordar quién somos, muy poco, más bien nada; el dolor nos remite a nuestra dependencia absoluta de Dios, a nuestra imperiosa necesidad de su gracia para no pecar, a hacer su santa voluntad, a la negación de uno mismo, y así entregarnos verdaderamente al prójimo. El cilicio colabora eficazmente en nuestro deseo de eliminar lo más posible nuestro engorroso y turbador amor propio; el dolor aplaca su efusión, a veces violenta, digamos que está controlado, amansado, como si dijéramos atado con la cuerda bien corta. El cilicio es un leal aliado en nuestro ascenso hacia una verdadera humildad.

El cilicio es una respuesta del alma a Dios, una de ellas, pero una respuesta, porque el Señor llama a quienes están abiertos a compartir con Él su dolor físico, al uso del cilicio y de la disciplina. Muy poco seguidores tiene el Señor que estén dispuestos a sentir  en su cuerpo una ráfaga, lejana y liviana, del dolor de nuestro Santísimo Redentor en la Cruz. El Señor quiere estos seguidores, por pocos que sean, los quiere y necesita. Necesita almas reparadoras que estén dispuestas a la reparación a través de la penitencia corporal por amor. Almas que no dejen solo al Señor en el Huerto de Getsemaní, ni en su Vía Crucis, ni en el Calvario. Almas generosas que  ofrezcan su pequeño dolor  unido al dolor de infinito valor  de Jesucristo al Padre Eterno para la salvación de los pecadores, la conversión de las almas y la santidad de la Iglesia.

Es también el cilicio un signo del amor a  la Cruz del Señor, amor al dolor de Cristo.  El cilicio es un signo especial y privilegiado del amor a la Pasión del Señor, porque su uso remite a la Pasión, al dolor, sufrimiento, desprecio, burla, vejaciones, que padeció el Hijo de Dios en cumplimiento fiel a la voluntad del Padre celestial, que no es otra que la redención de todos los hombres. Es amor al dolor de Cristo, es querer tener presente su acerbisimo dolor, es desear con fervor aliviar ese dolor compartiendo con Él un poco de padecimiento físico. La Cruz, salvadora y redentora, es compendio perfectísimo del Amor de Dios, de todos sus atributos, de la verdadera locura de Dios Padre que por la salvación de todos entrega a su Hijo en manos de los inicuos. Pero la Omnipotencia de Dios completó la obra redentora con la Resurrección, y sentado a la derecha del Padre, el Hijo reina eternamente.

El cilicio es  muestra del desprecio del mundo, del mundo que no entiende el sufrimiento voluntario por amor a Dios, que no sabe de reparación, porque en nada le importa el pecado, porque en él vive y se desenvuelve. El cilicio descubre la compunción interior de quien lo lleva, todo lo opuesto a lo que el mundo aprecia, el orgullo y la vanidad. Su uso horroriza al demonio que gobierna libremente el mundo, pero que en esa alma no tiene dominio; porque el alma compungida, humilde y penitente triunfa sobre el tentador. El uso del cilicio ayuda al desprendimiento de la atracción de la vanidad y seducción de todo lo que nos rodea; modera el alma hacia los gustos de la moda, la aleja los deseos de querer lo que el mundo ofrece. El cilicio ayuda a entender la vanidad del mundo distanciándose de ella.

Queridos hermanos, vean la práctica del sacrificio corporal como lo que es realmente, un medio de santidad, de penitencia, de reparación, para alcanzar humildad, para desembarazarse de las atracciones del mundo, para alejar al demonio manteniéndole a raya. El cilicio, oculto al mundo, sólo para Dios, que es íntimo al  alma penitente, permite el crecimiento espiritual del alma, porque empequeñece el amor propio, facilita la humildad, nos une a la Cruz salvadora y gloriosa del Señor, nos hace tener presente su  Sagrada Pasión. El cilicio es como un faro espiritual que recuerda e indica al alma que el camino de santidad es uno y único, el de la Cruz, el camino que abrió primero nuestro Señor Jesucristo para que todos lo recorriéramos seguros y firmes hacia la vida eterna.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.