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vendredi 23 juin 2017

The Wanderer: Clerical error

The Wanderer: Clerical error

Clerical error

por Rubén Peretó Rivas


La insistencia de un buen amigo y el servicio de un Miguel Strogoff normando, me decidieron a leerlo, y lo hice de una sentada, a pesar de sus trescientas páginas. Se trata del libro de Robert Blair Kaiser, Clerical error (New York, 2003), una obra apabullante y aplastante por las revelaciones que contiene y, en mi caso particular, por la confirmación definitiva de muchas sospechas e intuiciones.

Sobre el autor puede conseguirse información en Internet. Digamos brevemente que fue un americano que ingresó a la Compañía de Jesús a comienzo de los '50, permaneció allí diez años, salió antes de ser ordenado, se casó y se convirtió en el periodista de la revista Time que cubrió las dos primeras sesiones del Concilio Vaticano II y que actuó como catalizador de todo el sector más furiosamente progresista de los obispos, periti y demás personajes que asistieron al Concilio. Propongo aquí una suerte de reseña o conclusiones personales sobre el libro:


1. Los primeros capítulos están dedicados a narrar bastante pormenorizadamente el decenio de su formación jesuita. Kaiser nunca renegó de ella y conservó durante toda su vida una buena relación con la Compañía, pero sus memorias permiten entender las grandes virtudes de esa formación y, también, sus grandes defectos. Entre las primeras, y más allá de que proveía de una formación clásica y científica de excelencia, imprimía en el alma de los jóvenes el telos, es decir, el fin de la vida del hombre que no es otro que la gloria de Dios y la salvación del alma. A pesar de todos los vaivenes de la vida del autor, y de todos lo que hemos pasado por una formación de ese estilo, el fin permanece marcado a fuego, y eso ya es mucho, porque vendrán las tormentas y crecerán los ríos, pero la luz en el fondo del túnel no se apaga.

Más también están los defectos, y el primer de ellos es la destrucción de la personalidad. El jesuita debe, o debía, ser un autómata (perinde ac cadaver, decía San Ignacio) que obedece ciegamente a sus superiores que se empeñarán en ordenarle aquello que contraríe más claramente su naturaleza, sus inclinaciones y su propia razón. El segundo es uno sobre el que se ha hablado en otras ocasiones en este blog, y que Kaiser lo dice exactamente igual: el ingreso en la vida religiosa conlleva que el joven sea freezado en su edad adolescente, y permanece en ese estado a lo largo de toda su vida, si no es que la vida misma lo baje de un sopapo. No hay maduración de la persona y nunca llegan a la vida adulta. 

A raíz de esto, se me ocurren dos breves corolarios: la Compañía de Jesús fue considerada en gran medida durante algunos siglos como el analogado principal de la formación religiosa y sacerdotal. De hecho, los seminarios del clero diocesano están (o estaban) calcados de la formación jesuita, pero no eran jesuitas. Por lo que allí se acentuaban más los defectos y apenas si aparecían las virtudes. Y, por otro lado, leyendo el libro de Kaiser se cae en la cuenta que nosotros tuvimos la gracia de un Castellani, pero la realidad es que Castellani podría haber aparecido en cualquier país con presencia jesuita. Los motivos que el Cura criticó y que le valieron la expulsión de la Compañía, son los mismos -exactamente los mismos-, que señala el autor en su libro.

2. Durante la primera y segunda sesión del Vaticano II, Kaiser y su mujer alquilaron un enorme piso en un barrio residencial de Roma donde recibían casi todos los días a seis u ocho padres conciliares, diplomáticos, periodistas, etc., de la facción más progresista, y los domingos por la noche daban una recepción a la que asistían ochenta personas de la misma línea [uno de ellos era el entonces Mons. Jorge Mejía, de argentina y triste memoria]. En esas reuniones se cocieron muchos de los guisos conciliares que aún estamos masticando trabajosamente. Era el momento de los comentarios, gossips, cordatas, y demás alianzas y estrategias que luego se llevaban al aula conciliar. 

Era también la ocasión en la que se armaban las operaciones de prensa para influir en los obispos. Kaiser fue quizás el periodista más importante y más involucrado en este campo, publicando un artículo semanal en la revista Time que poseía en ese momento una influencia global. Eran ellos los que de alguna manera marcaban línea, fijaban agenda y presionaban. Se entiende de este modo uno de los párrafos del incomprensible discurso que dio el Papa Benedicto XVI poco antes de retirarse, donde habla justamente del "Concilio de los Padres" y del "Concilio de los periodistas". La cuestión es que al Concilio de los periodistas lo alimentaron los Padres.

3. Otro aspecto que aparece en el libro es que el Papa Juan XXIII no era tan ingenuo como parece, y que sabía muy bien lo que quería. Más de una vez se ha dicho en este blog que convocar el Concilio fue un error debido a la ingenuidad del Papa Roncalli. Ahora no estoy tan de acuerdo. Lo que sí aparece claro es que la estructura de la Curia Romana, concretamente del Santo Oficio con el cardenal Ottaviani y Mons. Parente, no estaba preparada para enfrentarse a la marejada que se les vino encima. Si bien Kaiser intenta dibujar en su libro -como dibujaba en sus notas en Times- una imagen ridícula del pobre Ottaviani, la impresión final que le queda al lector es de una profunda pena por el sufrimiento de ese hombre que hizo lo que pudo para salvar a la Iglesia de la catástrofe. Pero hay que decir también que aparece la enorme torpeza y falta de astucia política del ala conservadora. Y pongo dos ejemplos: Kaiser escribió un libro sobre la primera sesión que apareció poco después que ésta finalizara. Por supuesto, muy progre y muy descalificador de los conservadores, que se vendió como pan caliente en todo el mundo anglosajón. Cuando llegó a Roma, el Santo Oficio no tuvo mejor idea que enviar emisarios a todas las librerías de la ciudad a pedirles que no vendieran el libro, lo cual hicieron e hicieron saber que lo hacían. El efecto inmediato fue que el libro se leyó hasta en las trattorias del Trastevere. 

Otro ejemplo: Kaiser consiguió finalmente una entrevista con el cardenal Ottaviani que sabía perfectamente quién era el periodista y cuál era la opinión que tenía sobre él. Pues bien, una de las declaraciones que le hace es la siguiente: "A pesar de que yo soy un Padre conciliar como los demás, yo estoy de alguna manera por encima del Concilio puesto que represento al Papa". Bien contextualizado, Ottaviani tenía razón: él actuaba en nombre del Papa como guardián de la doctrina católica y, en ese sentido, estaba por encima, en tanto "vigilante" de las declaraciones conciliares. Pero eso no se lo podía decir a Kaiser quien comenta en su libro: "I could hardly wait to tell my Council liberals that Ottaviani, their nemesis, considered himself above the entire Council" (p. 212).

4. El libro deja ver con claridad el deletereo papel que jugó la Compañía de Jesús en el Concilio. Buena parte de las jugadas más progresistas y dañinas para la fe fueron causadas por jesuitas y guisadas y sazonadas en las cocinas de la Gregoriana o del Biblicum, desde donde se tejía la red de influencias que la Compañía ejercía sobre todos los prelados del mundo. Creo que si Dante escribiese de nuevo la Divina Comedia pondría al Papa Pío VII en lo más profundo del infierno.

5. Finalmente, cuando se conocen con más detalle los entretelones y las pretensiones de los Padres Conciliares progresistas que terminaron modelando el Vaticano II según su medida, adquiere mayor valor la figura de Juan Pablo II que, tal como le achacan sus detractores, efectivamente impidió la aplicación de las medidas más dañinas y extremas del Concilio. Muchos creemos que podría haber hecho mucho más, y que en materia litúrgica no hizo nada, e hizo lo contrario de lo que yo hubiese querido. Pero lo cierto es que, si se aplicaba lo que los fautores conciliares habían tramado, hoy estaríamos en un escenario irreconocible, y mucho peor de lo que estamos.

Sin embargo, aparece claro que el propósito del autor al escribir su libro es el tema al que le dedica más de la mitad del mismo: desenmascarar a Malachi Martin. 

Leí Vaticano cuando tenía veinte años, y quedé fascinado. Rápidamente conseguí The Jesuits, pero apenas si pude pasar el primer capítulo. Después intenté con Hostage of the Devil: llegué a la mitad. Compré Windswept House cuando apenas apareció y cuando apenas comenzaba a existir Amazon. Leí tres capítulos y me aburrió. Lo intenté nuevamente cuando apareció su traducción al español (El último Papa): apenas si llegué al segundo. Había algo que no me convencía. Pues bien, Kaiser viene a develar el misterio de este personaje perverso, mentiroso y lujurioso que fue Malachi Martin. 

No es cuestión de abundar en detalles. Baste decir que este jesuita irlandés le birló la mujer a Kaiser, destruyó su matrimonio, lo hizo pasar por loco -y convenció a todos sus amigos en este sentido-, a fin de poder quedarse con su mujer a la que después abandonó. Y esto mismo hizo Martin con otras tres mujeres, según testimonia su hermano, también sacerdote. Poseedor de una inteligencia brillante, sembró información falsa entre los periodistas de Concilio a fin de favorecer las posiciones más progresistas y, según Kaiser, fue generosamente pagado por el American Jews Comitee a fin de hacer lobby con el objeto de que el Vaticano II emitiera un documento sobre los judíos, cosa que finalmente sucedió. 

Por supuesto, la Compañía lo protegió hasta último momento, a fin de "salvar su sacerdocio" (eso era lo que argüían), hasta que las irrefutables pruebas que logró conseguir Kaiser sobre sus comportamientos inmorales, obligaron a que fuera expulsado o, como eufemísticamente dijeron, "dispensado de sus votos de pobreza y obediencia pero no de castidad"... por lo que pasó sus últimos años -que fueron más de dos décadas-, viviendo en Manhattan protegido por la ex-mujer de un millonario griego, y escribiendo libros que lo convirtieron en una suerte de profeta y objeto de culto de los católicos conservadores. Un farsa.