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mercredi 27 décembre 2017

La enseñanza paternal de la Ley de Dios

La enseñanza paternal de la Ley de Dios

La enseñanza paternal de la Ley de Dios

Aún estaba Él hablando, cuando los cubrió una nube resplandeciente, y salió de la nube una voz que decía: Esta mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle. Mt. 17, 5.

Queridos hermanos, los preceptos de Dios son verdaderas enseñanzas paternales, no son una carga insoportable que nos impide ser felices, por lo cual hemos de aligerarnos de tal "carga". Escuchadle, es decir, "mi Hijo habla por Mi, sus palabras son las Mías. Son mis consejos paternales los que Él os dirige". El Señor nos da preceptos, mandamientos, para nuestra verdadera felicidad, como un buen padre para indicar el camino de su hijo  a fin de que no se extravíe. Esta la razón de los mandatos divinos, no extraviar nuestra vida, y perderla eternamente. El Señor es benigno y es recto; por eso da a los pecadores una ley para el camino (Sal. 24, 8). Si no nos ilumina su ley, entonces  viviremos en la oscuridad del mundo, de nuestros pecados, estando a merced del tentador, por esta razón dice el salmista: Aléjame del camino del error y favoréceme con tu ley (Sal. 118, 29). La Ley es un favor, no una carga; es la norma de la verdad y del bien para quien vive en la oscuridad. La Ley abre los ojos al ciego (Quita el velo de mis ojos, para que descubra las maravillas de tu Lay. Sal. 118, 18) y es guía para el peregrino (Peregrino soy en la tierra: no me ocultes tus preceptos. Sal. 118, 19). No podemos vivir sin la luz de la Ley de Dios; no podemos hacer nada  que Le sea agradable, no podemos santificar nuestra vida ni salvar nuestra alma. Sin los preceptos divinos pereceremos irremediablemente: Y tenemos algo más firme, a saber,  la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como a lámpara que luce  en lugar tenebroso, hasta luzca el día y el lucero se levante en vuestros corazones (2 Pe. 1, 19).

Las Sagradas Escrituras consuelan verdaderamente. Sólo Dios nos salva  de las tentaciones y peligros del  mundo, demonio y carne, es el único que puede prometer y promete todo  cuanto necesitamos en el tiempo presente, siempre y cuando  estemos dispuestos a obedecerle, buscando su Reino y su justicia. Lo dice el salmo 118, 32: Corro por el camino de tus mandamientos, porque Tú me ensanchas el corazón. Hermosísimas palabras que nos llenan de verdadero gozo celestial: "Tú, Señor, ensanchas nuestro corazón porque andamos por el sendero de tus mandamientos". No puede decirse algo más hermoso. No puede el alma elevarse hacia la santidad sin seguir sus preceptos; no puede encontrar el alma gozo sin asentarse en los mandatos divinos. Los mandatos de Dios dilatan verdaderamente nuestro corazón  revelándonos los misterios de la Sabiduría divina, viniendo a nosotros el Espíritu Santo y otorgándonos todo lo que nuestro corazón desea: Pon tus delicias en el Señor, y Él te otorgará lo que tu corazón busca (Sal. 36, 4).

La promesa del Salmo 36, es un testimonio maravilloso del amor y bondad con que nos mira y cuida nuestro Padre Dios. Es un verdadero programa de santidad, es el programa que siguió la hermana de Lázaro, María, que eligió la mejor parte (María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada. Lc. 10, 42). Entrega al Señor tu camino; confíate a Él y déjale obrar (Sal. 36, 5). Dejemos obrar al Señor, es decir, sigamos sus preceptos, no opongamos trabas a sus mandatos. Nuestra vida ha de ser una entrega fiel al Señor en el cumplimiento de su Mandamientos; si nos oponemos a ellos, nos oponemos a Él, cerrando nuestra vida a la acción divina.

Pues aquello de: No cometerás adulterio, no matarás; no hurtarás; no codiciarás; y cualquier otro mandamiento que haya, en esta palabra se resume: Amarás al prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo, pues el amor es el cumplimiento de la Ley (Rom. 13, 9-10). Esta es la ley básica de la vida cristiana, la caridad que es el resumen y cumbre de los Mandamientos de la Ley. No podemos hablar de amor al prójimo y no hablar del cumplimiento de los Mandamientos. No podemos preocuparnos por los problemas del prójimo desobedeciendo los Mandamientos, y ni mucho menos suscitando alternativas a los preceptos divinos.

Nadie está exento del cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios, a menos que quiera exponerse a perder su alma eternamente. Los Mandamientos son enseñanza paternal de Dios.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.