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vendredi 16 mars 2018

Judas, malvado traidor

Judas, malvado traidor

Judas, malvado traidor

El Señor se turbó.

Queridos hermanos, Nuestro Señor Jesucristo no abandona a ninguna de sus ovejas, únicamente ellas se pierden a sí mismas, negándose a ser "encontradas" por el Buen Pastor. El alma tiene libertad para perderse eternamente. Es el ejemplo de Judas.

Estando el Señor a  la mesa con los discípulos y Judas, después de lavarles los pies y de darles el Santo Sacramento de su Cuerpo y su Sangre, dijo: "El que come mi pan, levantó contra mí su calcañar". Desde ahora os lo digo, antes de que suceda, para que, cuando suceda creáis que yo soy (Jn. 13, 18-19). Dicho esto, se turbó Jesús en su espíritu (21). ¿Cuál fue la causa de la turbación del Señor? Como verdadero hombre se turbó, como está escrito, pero no como los demás hombres, que se turban y afligen con verdadera alteración del espíritu y sin saber los límites de tal turbación interior. Se turba en la plena paz de ánimo, es el Verbo encarnado en el cuerpo humano. No puede turbarse la Sabiduría divina que todo lo ha hecho y lo ha dispuesto. No se turbó por la injuria cometida hacia Él, pues su infinita caridad no puede alterarse; se turbó por lo único que puede turbarse el mismo Dios, Señor de Cielo y tierra: La perdición de una sus ovejas. La perdición del otro.

El ladrón entró en Su redil y le arrebató una  de sus ovejas, para matarla y perderla. Ya el diablo había entrado en el corazón  de Judas y le había convencido para que le entregara. Para que el discípulo entregara al Maestro, el siervo al Señor, el hijo de la perdición al Rey de los cielos. Judas consintió a la persuasión del diablo de traicionar al Maestro. Pero no sólo por la persuasión, sino también por el consentimiento, el diablo era dueño de su corazón; porque sin el consentimiento, la persuasión ningún daño hubiera hecho. El diablo puede aconsejar el mal, puede sugerir placeres; sin embargo nunca puede forzar la voluntad, ni puede penetrar en el recinto de la mente sin el consentimiento de la persona. El Señor se turbó, porque el tentador había invadido el ánimo del  traidor y derribado su estado de gracia.

¿Soy yo a caso?

Después de turbarse,  para que Judas conociera la causa de su turbación, le dijo: En verdad os digo que uno de vosotros que come conmigo me va a entregar (Jn. 13, 21). Estas palabras podían haber sido suficientes para que Judas se convirtiera y se arrepintiera, pues veía que los proyectos de su corazón eran conocidos por el Señor; podía haberse compungido por la bondad y delicadeza del Redentor, pues le estaba diciendo que sabía lo que estaba haciendo, lo mantenía oculto entre los demás apóstoles, sin darlo a conocer, pero no se arrepintió.

Los demás apóstoles al oír al Maestro se preguntaron entre ellos quién podría ser el autor de tal gravísimo delito, cada uno preguntó al Señor diciendo: ¿Soy yo a caso Señor? (Mc. 14, 19). Estaban temerosos de sí mismos, meditaron cada uno si hubiera algo oculto en ellos, así es la conciencia del humilde y sencillo, y no como la del malvado traidor, que demostró lo que era cuando preguntó al Maestro: ¿Soy yo a caso? (Mt. 26., 25). ¿Puede encontrarse una pregunta más hipócrita y llena de maldad? Traidor, falso, homicida, ladrón y codicioso no preguntó para oír la verdad de la boca de la Verdad, sino para no aparecer con su silencio como culpable ante los demás que preguntaban. Sin que los demás apóstoles se enteraran, pero el traidor sí, el Maestro le contestó: Tú lo dices (Mt. 26, 25). Judas lo entendió, pero no se arrepintió, los demás no entendieron. El Señor añadió algo más claro para ver si el criminal se convertía: Porque el Hijo del hombre va su camino, según está decretado, pero ¡ay de aquel por quien será entregado! (Lc.22, 22). Mejor le fuera a éste no haber nacido (Mt. 26, 24). Oh corazón de piedra el de Judas, oh mente del traidor más dura que el diamante, que el pedernal o el hierro, a quien no pudieron ablandar las palabras de la Sabiduría, ni el eterno ¡ay!; es la sentencia irrevocable de maldición. Por eso mejor le hubiera sido no haber nacido tal hombre.

Judas, homicida y el más criminal del mundo, apartó su rostro para no ver el cielo ni al Señor de los cielos. Tampoco quiso escuchar la tremenda reprensión de la justicia divina. No quiso recordar su vocación por la que fue agregado al número de los doce discípulos, ni de la gracia de curar, ni del mandato de predicar, ni de la dignidad del apostolado, por la que conseguiría el honor de juzgar al final. Todo a la vez lo perdió porque cegado por la ambición entregó al Señor. No siguió al Señor con rectitud de corazón, pues de él se dice: Era ladrón y como llevaba la bolsa, hurtaba lo que se echaba en ella (Jn. 12, 6). Nunca tan fácilmente hubiera caído si alguna vez hubiera echado los cimientos de su casa interior sobre la piedra de Cristo, pero al no hacerlo puso los pies en el resbaladero  y no teniendo donde apoyarse se apartó del camino de la verdad, del camino de la vida.

Lo que vas a hacer, hazlo pronto.

Pedro, inquieto por la ocultación del Maestro, deseaba saber quién era el traidor, y haciendo una señal al discípulo amado para le preguntara al Maestro, éste dijo: Es aquel a quien le doy un trozo de pan mojado. Y mojando un bocado, lo tomó y se lo dio a Judas. Después del bocado, en el mismo instante entró en él Satanás (Jn. 13, 26-27). Judas apartado de la compañía de los otros permaneció pertinaz en la entrega del Salvador, por eso se dice de él proféticamente: Amó la maldición y le vino, no quiso la bendición y se apartó de él (Sal. 108, 17), y así con toda justicia le sobrevino,  como que escribe el Salmo (7, 16): Abrió una fosa y la ahondó y cayó en la fosa que hizo.  Porque en la fosa de mal que había preparado para su Señor, en ella se hundió él miserablemente. Porque la muerte del Señor fue para un tiempo y en la carne; la de él fue en el alma y  para siempre. Judas al no recibir al Señor espiritualmente al recibir el bocado, admitió a satanás en su alma, como está escrito.

Los que se pierden, por su voluntad se pierden, rechazan la gracia de la exhortación y no quieren entender la oración de intercesión. Cierran el oído del corazón para no oír la ley, haciéndose su oración y vida despreciable a Dios. Por razón de su maldad se les deja cumplir los deseos mal planeados del corazón, lo que es presagio certísimo de futura condenación. Judas maduró entregar alevosamente al Maestro, y obtenido permiso por Él mismo, tuvo que escuchar: Lo que vas a hacer, hazlo pronto (Mt. 13, 27). Lo que dices en tu mente, llévalo a cabo; no tendrás obstáculo alguno; sin oposición de nadie serás dueño de tu propósito. Has despreciado la misericordia, no tendrás perdón, recibirás el dinero, pero perderás la vida: Lo que planeas, hazlo pronto; pero esto no lo supo ninguno de los comensales, para qué se lo dijo. Algunos pensaban, que como llevaba la bolsa Judas, que quiso Jesús decirle: compra lo que necesitamos para la pascua, o que diera el dinero a los pobres (Jn. 13, 27).

Judas no mereció ver la luz del Verbo.

Judas se alejó de la presencia del Maestro y los demás apóstoles, no aguantando la fuerza de la claridad íntima, porque teniendo oscurecida su conciencia, y conocedor de su propio crimen, no podía sufrir  el examen de la  sabiduría y  la pureza de la inocencia. Así como la luz es amable a los ojos sanos, así es siempre odiosa a los enfermos. Por eso el pecador busca siempre lo oculto, y embotado por la ceguera de la mente, medita sus escondites. Judas no hubiera sido privado del brillo de la inocencia si con humildad, devoción y perseverancia hubiera rogado el perdón al Señor; porque la bondad divina no puede contenerse sin perdonar a los que lo solicitan con puro corazón y con lágrimas de compunción.

Pero el Señor niega los goteros de la gracia sólo a los que, llenos de desconfianza, desesperan de poder llegar a los manantiales de misericordia. De estos fue Judas, homicida nefasto de su Señor, de su propia alma. Despreció acudir arrepentido al Salvador, y no confesando el rubor de su iniquidad, pereció con muerte cruel. Con puertas de hierro obstruyó las entradas de su casa interior, y la reforzó con cerrojos para que la salvación de todos no tuviera entrada en él. Prefirió fomentar las tinieblas de las oscuras interioridades de su alma que presentarse al Señor Jesús con una humilde confesión. Finalmente como se hizo indigno de una gracia superior a sí, se apartó del grupo santo de los apóstoles de Cristo. Salió a fuera solo, acusado, descubierto, condenado a poner por obra los malvados planes de su alma.

Entonces era ya de noche. Para el hijo de las tinieblas era de noche: para los demás luz meridiana. Para él se había puesto el  Sol de justicia y la claridad fulgentísima de la Sabiduría. Pero Cristo no se ausentó ni denegó su presencia al sacrílego. Para todos está dispuesto a comunicarse, pero el traidor se separó de Él. Pudo tener los ojos abiertos, pero no mereció ver la luz del Verbo.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

N.B. Me he guido para el artículo de la hermosísima obra de San Lorenzo Justiniano: Sacrificio triunfador de Cristo Mediador. Edicep. Valencia. 1995.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.