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samedi 2 juin 2018

Enseñanzas del beato John Henry Newman sobre la conciencia y la obediencia

Enseñanzas del beato John Henry Newman sobre la conciencia y la obediencia – Adelante la Fe

Enseñanzas del beato John Henry Newman sobre la conciencia y la obediencia

01/06/18 12:00 am

«Con mucho gusto brindaré por el Papa, si ustedes quieren, pero primero brindaré por la conciencia y luego por el Papa» [1].

Esta es una de las citas más conocidas y polémicas del beato John Henry Newman. Hay quienes han visto en ellas un argumento a favor de oponer la conciencia individual a la autoridad magisterial de la Iglesia. Otros, aun aceptando su ortodoxia, se han sentido incómodos ante unas palabras que parecen tan discordantes con buena parte de la tónica del catolicismo de los siglos XIX y XX. No obstante, estas palabras llegan al meollo de uno de los temas cruciales que se han visto obligados a encarar los católicos a raíz del Concilio Vaticano II, y con renovada urgencia durante el presente pontificado: la cuestión de cómo deba actuar el católico en caso de conflicto entre su conciencia y lo que dicte un pontífice.

Quisiera comentar las enseñanzas del beato Newman sobre la naturaleza de la conciencia, en particular en lo que se refiere a la relación entre la conciencia y la obediencia a las autoridades eclesiásticas.

Pero primero me gustaría proponer algunas razones por las que es particularmente provechoso estudiar este tema a la luz de los escritos de Newman.

Para empezar, en la segunda mitad del siglo XIX, Newman ya se las estaba viendo con los riesgos que planteaba una concepción exagerada de la autoridad pontificia. Durante buena parte de dicha centuria, los poderes espiritual y temporal del Papado habían sido objeto de constantes ataques, y clérigos, teólogos y escritores fieles a la ortodoxia se empeñaban, comprensiblemente, en defender y reivindicar sus afirmaciones. Aunque Newman compartía plenamente esta aspiración, con todo, también le preocupaban las posibles consecuencias de que una forma errónea de entender el Papado que exageraba la misión y potestad del Sumo Pontífice arraigara en la Iglesia.

En segundo lugar, Newman tenía una notable capacidad para estudiar una misma verdad desde diversos ángulos, teniendo en cuenta sus dimensiones varias, y de observar aspectos de un problema que escapaban a la percepción de otros. Jamás veía una cuestión desde una perspectiva estrecha o parcial, y no estaba dispuesto a renunciar a sus percepciones y convicciones para ajustar su postura a la ninguna parcialidad o facción. Por eso, siempre decía algo nuevo o que hiciera reflexionar.

Y en tercer lugar, tanto durante su vida como desde entonces, las opiniones de Newman se han malinterpretado y tergiversado con frecuencia para promover posturas diametralmente contrarias a las que en realidad sostenía. Por ejemplo, su minucioso análisis de la relación entre la conciencia individual y la obediencia debida al Romano Pontífice se ha hecho pasar en numerosas ocasiones por una justificación de la disconformidad con la doctrina vinculante de la Iglesia, del mismo que en muchos casos su teoría del desarrollo del la doctrina se ha presentado como una forma de disculpar desviaciones radicales de la Tradición recibida por la Iglesia.

Por este motivo, dejaré el máximo espacio posible en mi intervención a las palabras del propio Newman, para que se entienda claramente su verdadera doctrina.

La labor de la conciencia en la vida moral y espiritual del hombre es uno de los temas centrales en los escritos y sermones de Newman, y sus enseñanzas se pueden estudiar desde una amplia gama de valiosas perspectivas. Me concentraré en particular en la relación entre conciencia y obediencia. Esto supondrá centrarse principalmente, aunque no de modo exclusivo, en la obra de Newman de 1875 Carta al duque de Norfolk con ocasión de la protesta de Gladstone. Hay empezar por situar este escrito en su contexto.

El 18 de julio de 1870, el Concilio Vaticano I había definido:

«El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.» [2]

El mismo decreto declaraba también que el Papa tiene potestad «plena», «inmediata» y «ordinaria» sobre toda la Iglesia.

Estas definiciones desataron un vendaval de controversias. La definición de la infalibilidad pontificia se topó con la oposición de una importante minoría de prelados que la consideraron inoportuna, y suscitaron además reacciones hostiles en muchos campos fuera de la Iglesia Católica, la más grave de las cuales fuera tal vez la de la recientemente unificada Alemania. En Gran Bretaña hubo igualmente una hostilidad generalizada que encontró su expresión en un panfleto publicado en 1874 por el destacado político liberal William Gladstone, que había sido primer ministro entre 1868 y finales de 1874, y volvería a desempeñar dicho cargo en tres oportunidades más. En dicho panfleto, titulado Los decretos del Vaticano y su pertinencia para la lealtad ciudadana: protesta política, Gladstone sostenía que las definiciones del Concilio ponían en tela de juicio la capacidad de los católicos para manifestar plena lealtad a la Iglesia y al Estado, y no les dejaba mucho espacio, o ninguno, para pensar o actuar por sí mismos. «Roma –afirmaba Gladstone– exige a quien se convierte a su religión que renuncie a su libertad moral y mental y ponga a la merced de otro su lealtad y sus deberes ciudadanos». [3]

A Newman le tocó defender a los católicos ingleses de estas acusaciones en su Carta al duque de Norfolk con ocasión de la protesta de Gladstone. La importancia de este título radica en que, por ser Conde Mariscal con carácter hereditario y cabeza de la familia principal de la nobleza británica, el Duque de Norfolk era un ejemplo viviente de que los católicos ingleses podían ser leales a la vez a la Iglesia y al Estado. En dicha obra Newman se propuso situar en su debido contexto las definiciones de 1870, explicar su sentido con precisión y vindicar la doctrina de la Iglesia y la lealtad de los católicos británicos.

Pero también tenía otra finalidad. Durante la década que precedió al Concilio Vaticano I había ido tomando cada vez más conciencia del riesgo que podía suponer la promoción de conceptos erróneos o exagerados de la infalibilidad papal. Desde su conversión al catolicismo, él mismo había sostenido esa doctrina, como opinión teológica probable, pero rechazaba las posturas que ardorosamente defendían en Inglatera, entre otros, William Ward, director del Dublin Review, y algunos miembros del entorno de Henry Edward Manning, arzobispo de Westminster desde 1865. Entre otras cosas, Ward llegaba a ampliar la infalibilidad pontificia mucho más allá de los límites que terminó por definir el Concilio, llegando a considerar las encíclicas y otros documentos oficiales del Papa como de por sí infalibles.

A los ojos de Newman, definir la interpretación de autores como Ward tendría consecuencias catastróficas para la misión de la Iglesia y constituiría una piedra de tropiezo para muchos dentro y fuera de ella.

Finalmente se tranqullozó al ver la moderación y precisión con que el Concilio lo definió, impidiendo de hecho muchas de esas posibles interpretaciones. Con todo, a pesar de la claridad de las definiciones, las exageraciones mencionadas continuaron circulando e influyendo en muchos católios, como sigue sucediendo todavía.

Cuando Newman escribió s Carta al duque de Norfolk, no sólo estaba pensando en aquellos que, como Gladstone, rechazaban la infabilidad del Papa, sino también en quienes la ampliaban más allá de lo debido. Y es precisamente esa delimitación de la potestad pontificia lo que hace que la carta de Newman tenga tanta importancia hoy en día para nosotros.

Lo esencial de la carta es la aclaración que hace Newman del papel que debe cumplir la conciencia individual en cuestiones de obediencia. Lo primero que hace es definir claramente el concepto.

Dios, según Newman,

«implantó la Ley que es Él mismo en la inteligencia de todas sus criaturas racionales. La Ley divina es, pues, la regla de la verdad ética, la vara para medir qué está bien y qué está mal, una autoridad soberana, irrevocable y absoluta ante los hombres y los ángeles. "La Ley eterna –dice San Agustín– es la Razón Divina o voluntad de Dios que nos manda observar el orden natural de las cosas impidiendo alterarlo." Para Santo Tomás, la Ley natural es "una impresión de la Luz divina en nosotros, una participación de la Ley eterna en la criatura racional". Esta ley, entendida por la mente de cada hombre, se llama conciencia; y aunque sufra alguna alteración al pasar al medio intelectual de cada uno, no queda tan afectada como para perder su carácter de Ley Divina, sino que, como tal, mantiene la prerrogativa de ser de cumplimiento obligatorio. Y para el cardenal Gousset, "la Ley Divina es la norma suprema que rige nuestras acciones; los pensamientos, deseos, palabras, actos, todo lo que es el hombre, están sujetos al imperio de la Ley de Dios. Tal ley es la regla que nos guía por medio de la conciencia".» [4]

La conciencia es «la voz de Dios en la naturaleza y el corazón del hombre, y se distingue de la voz de la Revelación». [5] Es «un elemento constitutivo de la mente, como lo puede ser nuestra percepción de otras ideas, nuestra capacidad de razonar, nuestro sentido del orden y de la belleza, y otras dotes intelectuales.» [6] Es un mandato, transmite la idea de responsabilidad, de deber, de castigo y promesa, tan gráficamente mostrada que se diferencia de todos los demás rasgos de nuestra naturaleza» [7]

La conciencia es un juicio, pero no «un juicio sobre una verdad especulativa, ni una doctrina abstracta, sino que tiene un peso directo sobre la conducta, sobre lo que se debe o no hacer. Según Santo Tomás, "la conciencia es el juicio práctico o dictado de la razón por el que juzgamos en un momento dado lo que debe hacerse porque es bueno o evitarse porque es malo"». [8]

Es preciso obedecer a la conciencia: «Quien obra contra su conciencia pierde el alma». [9] Pero aunque la conciencia es «un principio implantado en nosotros ya desde antes de que se nos brinde formación (…) esa formación y experiencia es necesaria para fortalecerla, madurarla y formarla debidamente». [10] La conciencia se nos puede entenebrecer y no juzgar conforme a la verdad.

«El sentido del bien y del mal –explica Newman– es tan delicado, tan mudable, tan fácil de confundir, oscurecer y pervertir, tan sutil en sus métodos de argumentación, tan impresionable por la educación recibida, tan parcial por culpa del orgullo y la pasión, tan inestable en su rumbo, que, en su lucha para sobrevivir entre los diversos ejercicios y triunfos del intelecto humano, es un sentido que es a la vez el mejor de los maestros y el menos perspicaz. Y la Iglesia, el Papa y la Jerarquía son, en lo que se refiere a los propósitos de Dios, la oferta que satisface una urgente demanda». [11]

Esta urgente demanda la satisface la Iglesia manteniendo de modo infalible y con autoridad la ley moral; la misma ley moral de la que da testimonio la conciencia.

«La conciencia –escribe Newman– es un mensajero de Dios que, en el orden de la naturaleza y en el de la gracia, nos habla a través de un velo y nos enseña y rige mediante los representantes de Dios. La conciencia es el vicario   autóctono  de Cristo, un profeta que nos informa, un rey que nos exige, un sacerdote que nos bendice y anatematiza, y, aunque dejase de existir el sacerdocio eterno en la Iglesia, su principio sacerdotal permanecería y no perdería su influjo». [12]

Lejos de suscitar contradicción entre la conciencia y la Iglesia, como habrían querido muchos de los que lo malinterpretaban, Newman explica que tanto nuestra conciencia como la Iglesia, teniendo tanto la una como la otra su origen en Dios, dan testimonio de una misma ley divina, y en consecuencia, las dos exigen obediencia. Es más, el mismo éxito de la Iglesia en la predicación del Evangelio depende de que Dios haya implantado su Ley divina en los corazones de los hombres, que tienen por tanto la obligación de aceptar sus enseñanzas.

Con respecto a la postestad pontificia, Newman explica:

«Su autoridad en teoría y su potestad de hecho se fundamentan en la ley de la conciencia y el carácter sagrado de ésta (…) Observando, pues, su actitud descubrimos que mediante el sentido universal del bien y del mal, la conciencia de la transgresión, el remordimiento y el miedo al castigo como primeros principios hondamente arraigados en el corazón del hombre, únicamente de esa manera puede sostenerse en pie en el mundo y lograr sus objetivos. Su afirmación de que procede del divino Legislador, a fin de exigir, proteger y hacer cumplir las verdades que el propio Legislador ha sembrado en nuestra propia naturaleza. (…) Su razón de ser está en la defensa a ultranza de la ley moral y la conciencia. Su misión resuelve las quejas de quienes se sienten cortos de luz natural; y la falta de esa luz en ellos justifica dicha misión». [13]

Pero, en tiempos de Newman, lo mismo que hoy, esta perspectiva real de la conciencia y de la autoridad eclesiástica ya no gozaba de amplia aceptación.

«A lo largo de mi vida –escribió Newman– ha existido una guerra sin cuartel, casi diría que una conspiración contra los derechos de la conciencia que acabo de describir. La literatura y la ciencia se han organizado en grandes instituciones para sofocarla. Nobles edificios se han alzado constituyéndose en baluartes contra su influencia espiritual e invisible, que es demasiado sutil para la ciencia y demasiado profunda para la literatura. Cátedras universitarias se han convertido en púlpitos hostiles a la tradición. Día tras día, los publicistas han adoctrinado a incontables lectores con sus subersivas teorías». [14]

«En el imaginario popular –prosigue–, solamente en el ámbito intelectual retiene la conciencia el sentido clásico, tradicional y católico de la palabra. En este caso también el concepto, la presencia de Alguien que ejerce la autoridad moral está muy alejado de ese sentido, a pesar de la frecuencia de uso y la importancia que se le da. Cuando reivindican los derechos de la conciencia, en modo alguno se refieren a los derechos del Creador ni a los deberes de palabra y de hecho que tienen para con Él las criaturas. Sino al derecho de pensar, hablar, escribir y actuar con arreglo a su criterio o su estado de ánimo sin la menor consideración hacia Dios. Ni siquiera aparentan guiarse por una norma moral, sino que exigen algo que consideran una prerrogativa humana: que cada uno sea dueño de sus actos en todo y profese lo que se le antoje sin pedir autorización a nadie y calificando de impertinente hasta lo indecible a todo sacerdote, predicador, orador o escritor que se atreva a decir lo más mínimo contra el camino que siguen rumbo a la perdición si así les gusta».

Y prosigue:

«La conciencia tiene derechos porque tiene deberes. Pero en los tiempos en que vivimos, para un amplio sector del público, la conciencia tiene el justo derecho y libertad de prescindir de sí misma, de no hacer caso del Legislador y Juez, de emanciparse de unas obligaciones invisibles. (…) La conciencia es un severo guardián que en el presente siglo se ha visto suplantada por una falsificación desconocida en los dieciocho siglos anteriores, que no se habrían dejado engañar en caso de haberla conocido. Es el derecho de la obstinacion». [15]

Newman previó claramente las consecuencias de esa conciencia falsificada:

«En su encíclica Quanta cura de 1864, el actual pontífice se opone a la libertad de conciencia, aludiendo a su predecesor Gregorio XVI que, en Mirari vos la llamó delirio».. [16]

La libertad de conciencia, en el sentido proclamado por el hombre moderno y condenado en Quanta cura, no es para Newman verdadera libertad de conciencia ni mucho menos, sino «libertad para la obstinación», «libertad irrestricta para divulgar cualquier doctrina humana por medio de la predicación o la prensa, libre de trabas por parte de la Iglesia o las autoridades civiles». ¿Y cuáles son las últimas consecuencias de semejante doctrina? «¿Qué pasaría –pregunta Newman– si alguien abrazase la doctrina del magnicidio, o del infanticidio, o del amor libre?» [17]

«Diríase –expresa a modo de conclusión– que el Papa se quedó corto al llamar delirio a tal doctrina sobre la conciencia. No cabe concebir un absurdo mayor ni más disparatado.»

Pero por muy disparatado, absurdo y estúpido que parezca, ése es actualmene el concepto de conciencia que predomina en Occidente.

Si la conciencia está sujeta a la verdad, también lo está la potestad pontificia. Dice Newman:

«Si el Romano Pontífice hablase contra la Conciencia en el verdadero sentido de la palabra, sería un suicidio. Se perjudicaría a sí mismo.  Su misión es precisamente proclamar la ley moral y defender y fortalecer  la "verdadera Luz que alumbra a todo hombre y viene a este mundo".» [18]

¿Qué pasaría si un pontífice no proclamase la ley moral o el verdadero concepto de conciencia? ¿Son los católicos, como afirmaba Gladstone, unos esclavos mentales y morales obligados a obedecer al Papa en todo?

En su Carta al duque de Norfolk, Newman fija los límites exactos de la autoridad papal con un rigor de detalle en el que no nos podemos detener. Con todo, me gustaría llamar la atención a algunos de los puntos más importantes.

Para empezar, hay que reconocer que a pesar de la precisión con que la definió el Concilio Vaticano I, tal como pasaba a fines del siglo XIX, en la actualidad reina una inaudita confusión en cuanto al alcance de la infalibilidad papal. Todos hemos conocido a católicos que en la práctica rechazan enérgicamente la menor sugerencia de que un papa cualquiera incurra en error, aunque en teoría acepten que la infalibilidad tiene sus límites. Por eso, es importante ser claros en este asunto. Explica Newman:

«El Papa habla de modo infalible cuando lo hace, primero, como maestro universal; segundo, en nombre de los Apóstoles y con la autoridad de ellos; tercero, en cuestiones de fe y moral; y en cuarto lugar, con intención vinculante para que todo miembro de la Iglesia acepte y crea su decisión». [19]

Según afirma Newman, citando al secretario general del Concilio, monseñor Fesser, el Romano Pontífice «no es infalible como hombre, como teólogo, como sacerdote, como príncipe temporal, como juez, como legislador o en sus ideas políticas, ni siquiera en el gobierno de la Iglesia. (…) porque en esas diversas ocasiones en que dice lo que piensa no lo hace desde la cátedra de doctor universal». [20]

La infalibilidad del Vicario de Cristo se limita a cuestiones de fe y de moral. Dice Newman:

«La infalibilidad no puede obrar fuera de una esfera concreta de ideas, y en todas sus definiciones (…) debe profesar que se atiene a él. Las grandes verdades de la ley moral, de la religión natural y de la fe apostólica constituyen sus límites y sus cimientos. No se los puede traspasar, y siempre debe apelar a ellos. Tanto el tema en cuestión como sus artículos sobre el mismo son inmutables. Además, en todo momento debe declarar que se guía por la Escritura y por la Tradición. (…) No se me podrá presentar  pues, jamás, como parte integrante de la fe, sino de lo que ya hemos recibido y hasta ahora se nos ha vedado recibir, (si es así), simplemente porque no se me ha hecho entender. No se me puede imponer nada distinto a lo que ya profeso. No digamos lo contrario». [21]

En cuanto a definiciones morales, Newman no deja lugar a dudas:

«Para que un precepto moral sea aceptado como voz infalible tiene que proceder de la ley moral, de lo que Dios nos ha revelado desde un principio. Es decir, que en primer lugar tiene que referirse a algo que moralmente esté de por sí bien o mal».

Y prosigue:

«Si el Papa manda decir una mentira o vengarse de alguien, o –podríamos añadir– realizar cualquier acto inmoral, ese mandato no sería válido. Sería como si no lo hubiera promulgado, porque no tiene potestad sobre la ley moral». [22]

Del mismo modo que el Sumo Pontífice no tiene autoridad sobre la ley moral, tampoco la tiene sobre el Depósito de la Fe; sólo puede transmitir lo que ha recibido de los Apóstoles. El Concilio Vaticano I lo definió con estas palabras:

«El Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no de manera que ellos pudieran, por revelación suya, dar a conocer alguna nueva doctrina, sino que, por asistencia suya, ellos pudieran guardar santamente y exponer fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe». [23]

Seis años antes, en su Apologia pro vita sua, Newman había declarado la misma verdad:

«Entre los reproches de que es objeto la Iglesia de Roma está el de que no ha creado nada, y sólo ha sido una suerte de rémora o una discontinuidad en el desarrollo de la doctrina. Es ésta una objeción que asumo como cierta; pues tal es, a mi juicio, la finalidad principal de tan extraordinario don». [24]

El «extraordinario don» de la infalibilidad pontificia es la garantía que permite al Papado transmitir fielmente y en su totalidad el Depósito único e inmutable de la Fe. No es una promesa de que el Vicario de Cristo contará con inspiración infalible en su labor de guiar a la Iglesia, y menos aún para revelar nuevas verdades o para introducir alteraciones en la doctrina de la Fe.

Sigue Newman:

«Para garantizar esta fidelidad al Depósito de la Fe no hace falta un don interior de infalibilidad. (…) ni un soplo directo de la verdad divina; basta con una vigilancia o custodia exterior para proteger del error. (…) Una tutela tal que, a la hora de tomar decisiones definitivas, guarde a los pontífices de las consecuencias de sus debilidades innatas, de toda posibilidad de extravío, de confusión mental, de conflicto con decisiones anteriores o con las Escrituras, que en épocas agitadas sería razonable temer». [25]

«Jamás han enseñado los católicos que Dios haya concedido a la Iglesia el don de la infalibidad en el mismo sentido que la inspiración». [26]

Puede darse que en momentos y circunstancias concretos de la Historia el Sumo Pontífice cumpla una misión fundamental para determinar y exponer la Fe, o para proporcionar orientación intelectual. Pero en otras ocasiones, quién sabe si la mayoría de las veces, no. Señala Newman:

«Se ha dicho con verdad que durante toda la época de las grandes persecuciones la Iglesia de Roma no tuvo a ninguna persona de gran talento. Y durante mucho tiempo después tampoco hubo un solo doctor. El primero, San León  Magno, enseñó sobre un solo punto de doctrina. San Gregorio, en el puro final de la primera época de la Iglesia, no aportó nada al dogma ni a la filosofía. La gran lumbrera de Occidente es, que sepamos, San Agustín. Él, que no es un maestro infalible en modo alguno, formó intelectualmente a la Europa cristiana. Lo cierto es que para encontrar las mejores exposiciones del pensamiento latino generalmente tenemos que fijarnos en la Iglesia de África». [27]

Como es natural, al decir esto no es nuestra intención minimizar el cometido fundamental que ejerce el Papa en la Iglesia, sino situarlo en su debido contexto. Newman defendió con más ardor que nadie la plena autoridad del Romano Pontífice sobre la Iglesia, las garantías especiales que se brindaban a su magisterio, los privilegios de que gozaba, pero igualmente entendía que nada de esto podía a costa de otros elementos de la Iglesia que desempeñan sus correspondientes funciones: el obispo en su diócesis, el cura en su parroquia, el padre como cabeza de familia; todos ellos cumplen una misión legítima. El principio de subsidiariedad se aplica también a la Iglesia, no sólo al Estado.

Prestar excesiva atención a las ideas y actos del presente pontífice tiene una consecuencia particularmente peligrosa: olvidarse de la Tradición, de las enseñanzas de la Sagrada Escritura, de los Padres y Doctores de la Iglesia, de papas y concilios anteriores y del testimonio de la liturgia y los ritos sacramentales.

Es interesante observar que William Gladstone era consciente de este peligro y se lo reprochó a la Iglesia en su panfleto:

«Recuerdo que el imponente argumento principal y constante de los polemistas católicos siempre ha sido su inquebrantable y total identificación con la Iglesia desde los tiempos de nuestro Salvador hasta hoy. Nadie que haya seguido la tendencia de sus escritos durante los últimos cuarenta siglos dejará de percibir el cambio de tono. Con cada vez mayor frecuencia, las declaraciones de constante uniformidad doctrinal se repliegan en una penumbra casi impenetrable. Con cada vez más frecuencia van siendo sustituidas por una nueva serie de afirmaciones de una autoridad viviente, siempre dispuesta a adoptar y reformular la doctrina cristiana para adoptarse a los nuevos tiempos». [28]

Con estas palabras, Gladstone reconocía por lo menos, y hace más de un siglo, un grave peligro para la integridad de la doctrina cristiana: la elevación de la «autoridad viviente» del papa reinante sobre la Tradición que tiene el deber de transmitir.

Eso sí, Newman afirmó tajantemente las importantes limitaciones que tiene la autoridad magisterial del Papa:

«No depende en modo alguno del arbitrio o capricho del Sumo Pontífice hacer de tal o cual doctrina una definición dogmática. Está restringido y limitado por la divina Revelación y por las verdades contenidas en dicha revelación. Está restringido y limitado por los Credos ya existentes y por las definiciones anteriores de la Iglesia. Está restringido y limitado por la ley divina y por las constituciones de la Iglesia». [29]

Si un papa se excediese de dichas limitaciones y enseñara una doctrina errónea, entraría en conflicto con quienes se mantuviesen fieles a la fe «que ha sido transmitida a los santos una vez por todas». Al carecer de infalibilidad fuera de ciertas condiciones definidas con suma precisión, puede errar en sus enseñanzas y juicios. Y como en ningún momento es impecable, puede pecar y mandar que se peque.

Como vimos antes, la conciencia no es un juicio sobre una doctrina abstracta, sino sino que «tiene un peso directo sobre la conducta, sobre lo que se debe o no hacer». Por lo tanto, explica Newman,

«Al ser la conciencia un principio moral práctico, sólo puede estar en conflicto con la autoridad pontificia cuando el Papa legisla o manda algo concreto, y en otros casos parecidos. Pero el Papa no es infalible en sus leyes ni órdenes, ni en sus actos jurídicos, su gobierno ni su normativa pública.  [30]

Así pues, puede suceder que una conciencia individual entre en conflicto con el Papa.

«Ahora bien –dice Newman–, como es natural, al hablar de conciencia me refiero a lo que verdaderamente se entiende por conciencia. Para que tenga derecho a oponerse a la suprema, aunque no infalible, autoridad del Pontífice, tiene que tratarse de algo más que esa miserable falsificación que, como dije, se conoce actualmente por ese nombre. Si en un caso particular es necesario tomarla por juez sagrado y soberano, para que su voz imperiosa se sobreponga a la del Papa tiene que proceder mediante serio razonamiento, oración y todos los medios a su alcance hasta llegar a un juicio acertado de la situación. No sólo eso; la carga de la prueba al elaborar una argumentación contra él corresponde en todos los casos excepcionales a la conciencia». [31]

Newman pone una serie de ejemplos de casos en que la resistencia a órdenes del Papa puede ser aceptable, pero la cuestión más importante que se plantea es el deber de la conciencia cuando tiene que enfrentarse a un pontífice que manda algo que se opone diametralmente a la doctrina de la fe. Como respuesta, Newman cita a varias autoridades, entre las que, a mi vez, citaré las siguientes:

«Según el cardenal Turrecremata, "…se deduce claramente de esta circunstancia que a veces el Papa puede errar y mandar cosas que no se deban hacer. (…) Para saber en qué casos hay que obedecer y cuándo no (…) se dice en los Hechos de los Apóstoles que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Por consiguiente, en caso de que el Pontífice mandase algo contrario a las Sagradas Escrituras, los artículos de fe, la verdad de los sacramentos o lo que mandan la ley natural o la divina, no se le debería obedecer, antes habría que desechar tal mandato".

»Hablando de la resistencia al Sumo Pontífice, San Roberto Bellarmino dice: "No es necesaria autoridad alguna para resistir y defenderse. (…) Así pues, del mismo modo que sería lícito enfrentarse al Papa si agrediese a una persona, también lo sería hacerle frente si agrediese a las almas o alterase el orden público, cuánto más si se empeñase en la destrucción de la Iglesia. Como digo, es lícito resistirlo negándose a hacer lo que manda y poniendo trabas al cumplimiento de su voluntad".

»Dice el arzobispo Kenrick: "Se le confirió autoridad para edificar, no para destruir. Si hiciere uso de esa potestad por afán de dominio le resultaría difícil tener un pueblo obediente"». [32]

Podemos recapitular todo lo anterior con estas palabras de Newman:

«Hay casos extremos en que la conciencia puede estar en conflicto con la palabra de un papa y sea preciso obedecerla a pesar de dicha palabra». [33]

En resumen: podríamos decir que en la Carta al duque de Norfolk Newman advierte contra dos clases de idolatría: en primer lugar, la que coloca la obstinación, disfrazada de conciencia, por encima de la ley divina a la que debe ajustarse todo juicio de conciencia. Y en segundo lugar, la papolatría, que considera al Sumo Pontífice dueño y no siervo de la verdad divina. El Concilio Vaticano I reitera que el Papa es la cabeza visible de la Iglesia militante. La Cabeza de la Iglesia es Nuestro Señor Jesucristo, a cuya divina Revelación deben ajustarse las enseñanzas y acciones del Papa.

«Con mucho gusto brindaré por el Papa, si ustedes quieren, pero primero brindaré por la conciencia y luego por el Papa»

Mathew McCusker

Roma Life Forum, 18 de mayo de 2018

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)

Notas:

[1] John Henry Newman, Carta al duque de Norfolk con ocasión de la protesta de Gladstone, publicada en Newman and Gladstone: The Vatican Decrees, (notre Dame, 1962), p.138.

[2] Concilio Vaticano I, decreto, Pastor Aeternus.

[3] William Gladstone, The Vatican Decrees in their Bearing on Civil Allegiance: A Political Expostulation, publicada en Newman and Gladstone: The Vatican Decrees, (Notre Dame, 1962), p.6.

[4] Newman, Carta, p.127.

[5] Newman, Carta, p.128.

[6] Newman, Carta, p.128.

[7] Newman, Carta, p.128.

[8] Newman, Carta, p.134.

[9] Newman, Carta, p.136-38.

[10] Newman, Carta, p.128.

[11] Newman, Carta, p.132.

[12] Newman, Carta, p.129.

[13] Newman, Carta, p.132.

[14] Newman, Carta, p.129.

[15] Newman, "Letter", p130.

[16] Newman, Carta, p.130.

[17] Newman, Carta, p.130.

[18] Newman, Carta, p.132.

[19] Newman, Carta, p.137.

[20] Citando una carta pastoral del episcopado suizo, Carta, p.187.

[21] John Henry Newman, Apologia Pro Vita Sua (1845), (ed. I Ker, 1994), p.226.

[22] Newman, Carta, p.191.

[23] Pastor Aeternus.

[24] Newman, Apologia, p.235.

[25] Newman, Carta, p.189.

[26] Cita de Perrone, Carta, p.189.

[27] Newman, Apologia, p.236.

[28] Gladstone, Expostulation, p.13.

[29] Newman, Carta, p.197.

[30] Newman, Carta, p.134.

[31] Newman, "Letter", p135-136.

[32] Newman, Carta, p.138.

[33] Newman, Carta, p.189